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lunes, 11 de abril de 2011

José de Espronceda







Cancion del Pirata



José de Espronceda


Con diez cañones por banda,
viento en popa, a toda vela,
no corta el mar, sino vuela
un velero bergantín.
Bajel pirata que llaman,
por su bravura, El Temido,
en todo mar conocido
del uno al otro confín.

La luna en el mar riela
en la lona gime el viento,
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul;
y va el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
y allá a su frente Istambul:

Navega, velero mío
sin temor,
que ni enemigo navío
ni tormenta, ni bonanza
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor.

Veinte presas
hemos hecho
a despecho
del inglés
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

Allá; muevan feroz guerra
ciegos reyes
por un palmo más de tierra;
que yo aquí; tengo por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie impuso leyes.

Y no hay playa,
sea cualquiera,
ni bandera
de esplendor,
que no sienta
mi derecho
y dé pechos mi valor.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

A la voz de "¡barco viene!"
es de ver
cómo vira y se previene
a todo trapo a escapar;
que yo soy el rey del mar,
y mi furia es de temer.

En las presas
yo divido
lo cogido
por igual;
sólo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

¡Sentenciado estoy a muerte!
Yo me río
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena,
colgaré de alguna antena,
quizá; en su propio navío
Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di,
cuando el yugo
del esclavo,
como un bravo,
sacudí.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

Son mi música mejor
aquilones,
el estrépito y temblor
de los cables sacudidos,
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.

Y del trueno
al son violento,
y del viento
al rebramar,
yo me duermo
sosegado,
arrullado
por el mar.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.





Tierra Santa y su version del poema de José de Espronceda






sábado, 2 de abril de 2011

Émile Zola


Angéline o la casa encantada

Émile Zola

Hace cerca de dos años, iba en bicicleta por un camino desierto del lado de Orgeval, más allá de Poissy, cuando la brusca aparición de una vivienda a orillas del camino me sorprendió de tal forma que salté de la bicicleta para contemplarla mejor. Se trataba, bajo el cielo gris de noviembre y el viento frío que barría las hojas secas, de una casa de ladrillo sin gran personalidad, en medio de un vasto jardín plantado de árboles viejos. Pero lo que la hacía extraordinaria, con una rareza arisca que oprimía el corazón, era el horrible abandono en el que se encontraba. Y como un batiente de la reja estaba arrancado, como un enorme rótulo, desteñido por la lluvia, anunciaba que la propiedad estaba en venta, entré en el jardín, cediendo a una curiosidad mezclada de angustia y malestar.

La casa debía llevar deshabitada treinta o tal vez cuarenta años. Los ladrillos de las cornisas y de los bordes estaban desunidos, invadidos por el musgo y los líquenes. Numerosas grietas cruzaban la fachada, semejantes a arrugas precoces, surcando el edificio aún sólido, pero del que nadie se ocupaba ya en absoluto. Abajo, los peldaños de la escalinata, hendidos por las heladas, invadidos por ortigas y zarzas, se asemejaban al umbral de la desolación y de la muerte. Y, sobre todo, la horrible tristeza que provenía de las ventanas sin cortinas, desnudas y glaucas, de las que los chiquillos habían roto los cristales a pedradas, permitiendo ver todas el lúgubre vacío de las habitaciones, como ojos apagados que han permanecido abiertos en un cuerpo sin alma. Luego, a su alrededor, el amplio jardín era una absoluta devastación, el antiguo parterre apenas visible bajo las crecidas hierbas silvestres, los paseos desaparecidos, comidos por las plantas voraces, los bosquecillos convertidos en selvas vírgenes, una vegetación salvaje de cementerio abandonado en la sombra húmeda de los grandes árboles seculares en los que, aquel día, el viento otoñal, lanzando su triste queja, se llevaba las últimas hojas.

Durante largo rato permanecí allí, en medio de aquel lamento desesperado que brotaba de las cosas, con el corazón turbado por un miedo sordo, por una tristeza que aumentaba, retenido no obstante por una ardiente compasión, una necesidad de saber y de simpatizar con todo lo que sentía de miseria y de dolor a mi alrededor. Y, cuando me decidí a salir, vi al otro lado del camino, en el cruce de dos caminos, una especie de posada, una casucha en la que se ofrecía bebida, entré decidido a hacer hablar a la gente del lugar.

No había allí sino una anciana que me sirvió una caña de cerveza, quejándose. Se lamentaba de estar situada en aquel camino alejado, por el que no pasaban ni dos ciclistas al día. Hablaba sin parar, contaba su historia, decía que se llamaba señora Toussaint, que había venido de Vernon con su hombre para hacerse cargo de aquella posada, que al principio las cosas no habían marchado mal, pero que todo iba de mal en peor desde que se había quedado viuda. Y, después de su raudal de palabras, cuando empecé a interrogarla acerca de la propiedad vecina, se puso circunspecta de repente, mirándome con expresión desconfiada, como si yo quisiera arrancarle temibles secretos.

-¡Ah! sí, la Sauvagière, la casa encantada, como dicen por la comarca... Yo no sé nada, señor. No es de mi época, sólo hará treinta años en Pascua que vivo aquí, y esas cosas se remontan a cuarenta años. Cuando nosotros llegamos aquí, la casa ya se encontraba más o menos en el estado en que la ve... Los veranos pasan, los inviernos pasan y nada se mueve, salvo las piedras que caen.

-Pero, en fin -pregunté yo- ¿por qué no la venden, puesto que está en venta?

-¡Ah! ¿por qué? ¿por qué? ¡Qué sé yo!... se dicen tantas cosas.

Sin duda, terminé por inspirarle confianza. Además, era evidente que estaba deseando repetirme las cosas que se decían. Para empezar, me contó que ninguna de las chicas del pueblo vecino se habría atrevido a entrar en la Sauvagière, después del anochecer, porque corría el rumor de que un alma en pena se aparecía allí por la noche. Y, como yo me extrañara de que, estando tan cerca de París, una historia semejante pudiera aún encontrar algún crédito, se encogió de hombros, quiso en un primer momento hacerse la fuerte, pero terminó por manifestar su terror inconfeso.

-Hay sin embargo hechos, señor. ¿Por qué no la venden? Yo he visto venir compradores y todos se marcharon más rápido que llegaron; a ninguno de ellos lo hemos visto reaparecer por aquí. ¡Y bien!, lo que es cierto es que, desde el momento en que algún visitante se atreve a entrar en la casa, pasan cosas extraordinarias: las puertas se mueven, se cierran solas con gran estrépito, como si soplara un viento terrible; del sótano suben gritos, gemidos, sollozos; y si se obcecan, una voz desgarradora lanza un grito prolongado: «¡Angéline! ¡Angéline! ¡Angéline!» con una llamada tan dolorosa, que a uno se le quedan helados los huesos... Le repito que esto está probado, nadie le dirá lo contrario.

Reconozco que empezaba a apasionarme por el tema, aunque fuera presa de un pequeño escalofrío bajo la piel.

-Y esa Angéline, ¿quién es, pues?

-¡Ah!, señor, sería necesario contárselo todo, y una vez más, yo no sé nada.

Sin embargo, terminó por decírmelo todo. Hacía cuarenta años, hacia 1858, en el momento en el que el Segundo Imperio triunfante era una fiesta permanente, M. de G..., que ocupaba un puesto en las Tullerías, perdió a su esposa, de la que tenía una niña, de unos diez años, Angéline, un milagro de belleza, vivo retrato de su madre. Dos años más tarde, M. de G... se había vuelto a casar con otra belleza célebre, viuda de un general. Y aseguraban que, desde esa segunda boda, unos atroces celos habían surgido entre Angéline y su madrastra, la una herida en el corazón al ver a su madre ya olvidada, reemplazada tan pronto en el hogar por aquella extraña; la otra, obsesionada, enloquecida por tener siempre ante ella aquel vivo retrato de la mujer que temía no poder hacer olvidar. La Sauvagière pertenecía a la nueva señora de G..., y allí, una noche, viendo que el padre besaba apasionadamente a la hija, en su demencia celosa, habría golpeado a la niña de tal manera, que la pobre pequeña habría caído muerta, con la nuca fracturada. Luego, lo demás era horroroso: el padre fuera de sí aceptaba enterrar él mismo a su hija en el sótano de la casa para salvar a la asesina; el cuerpecito permanecía allí enterrado mientras afirmaban que la chiquilla se encontraba en casa de una tía; los aullidos de un perro, que se empeñaba en arañar el suelo, hizo que finalmente se descubriera el crimen, del que las Tullerías se apresuraron a ahogar el escándalo. En la actualidad, el señor y la señora de G... estaban muertos, pero Angéline volvía aún cada noche, al oír una voz lastimera que la llamaba, desde el más allá misterioso de las tinieblas.

-Nadie me desmentirá -concluyó la señora Toussaint-. Todo esto es tan cierto como que dos y dos son cuatro.

Yo la había escuchado, despavorido, sorprendido por las inverosimilitudes, pero, conquistado, no obstante por la rareza violenta y sombría del drama. Aquel señor de G..., yo había oído hablar de él y creía saber efectivamente que se había vuelto a casar y que un dolor familiar había ensombrecido su vida. ¿Era, pues, cierto? ¡Qué historia trágica y enternecedora, todas las pasiones humanas removidas, exasperadas hasta la demencia, el crimen pasional más terrorífico que pudiera verse, una chiquilla bella como el día, adorada, asesinada por su madrastra y enterrada por su padre en un rincón del sótano! Era demasiado hermoso de emoción y de horror. Yo iba a seguir preguntando, discutiendo, luego me dije «¿Para qué?». ¿Por qué no llevarme, en su flor de imaginación popular, aquel cuento horroroso?

Cuando volvía a montar en bicicleta, eché una última ojeada a la Sauvagière. La noche descendía, la casa miserable me miraba desde sus ventanas vacías y oscuras, semejantes a ojos de muerta, mientras que el viento otoñal gemía entre los viejos árboles.

II

¿Por qué se clavó esta historia en mi cráneo, hasta convertirse en una obsesión, en un verdadero tormento? Ése es uno de los problemas intelectuales difíciles de resolver. De nada servía decirme a mí mismo que leyendas semejantes corren por la campiña, que ésta, en suma, no presentaba ningún interés directo para mí. A pesar de todo, la niña muerta me obsesionaba, aquella Angéline deliciosa y trágica, que una voz lastimera llamaba cada noche desde hacía cuarenta años, a través de las habitaciones vacías de la casa abandonada. Y durante los dos primeros meses del invierno, hice averiguaciones. Evidentemente, por poco que una desaparición semejante, una aventura hasta ese punto trágica, hubiera salido al exterior, los periódicos del momento debían haber hablado de ella. Examiné las colecciones de la Biblioteca Nacional, sin descubrir nada, ni una línea que se pareciera a semejante historia. Luego, interrogué a los coetáneos, a personas de las Tullerías: ninguna pudo contestarme con exactitud, sólo obtuve informaciones contradictorias, hasta el punto de que había abandonado toda esperanza de llegar a la verdad, sin dejar de sentirme presa del tormento del misterio, cuando una casualidad me puso una mañana sobre una nueva pista.

Iba, cada dos o tres semanas, a hacerle una visita de buena confraternidad, de ternura y de admiración, al viejo poeta V... que falleció el pasado abril, cerca de los setenta años. Desde hacía ya muchos años, una parálisis en las piernas lo tenía clavado en un sillón en su pequeño gabinete de trabajo de la calle de Assas, cuya ventana daba al jardín del Luxemburgo. Acababa allí dulcemente una vida de ensueño, sin haber vivido más que de imaginación, habiéndose construido el ideal palacio en el que, lejos de lo real, había amado y sufrido. ¿Quién de nosotros no recuerda su fino rostro amable, sus cabellos blancos de bucles infantiles, sus pálidos ojos azules que habían conservado la inocencia de la juventud? No podría decirse que mintiera siempre, pero lo cierto es que inventaba sin cesar, de tal manera que no se sabía nunca con exactitud dónde acababa para él la realidad y dónde empezaba el sueño. Era un anciano encantador, desde hacía mucho tiempo fuera de la vida, cuya conversación me conmovía frecuentemente como una revelación discreta y vaga de lo desconocido.

Aquel día, charlaba pues con él cerca de la ventana, en la estrecha habitación, que calentaba siempre un fuego intenso. Fuera, la helada era terrible, y el jardín del Luxemburgo se extendía blanco de nieve presentando a la vista un vasto horizonte de candor inmaculado. Y no sé cómo llegué a hablarle de la Sauvagière, de aquella historia que me preocupaba aún: el padre casado de nuevo, la madrastra celosa de la niña vivo retrato de su madre, luego su sepultura al fondo del sótano. Me había escuchado con la tranquila sonrisa que conservaba incluso en la tristeza. Se había hecho silencio, su pálida mirada azul se perdía a lo lejos, en la inmensidad blanca del Luxemburgo, mientras que una sombra de sueño, emanaba de él y parecía envolverlo con un ligero escalofrío.

-Conocí mucho al señor de G... -dijo lentamente-. Conocí a su primera esposa, de una belleza sobrehumana; conocí a la segunda, no menos prodigiosamente bella; e incluso las amé apasionadamente a las dos, sin decirlo jamás. Conocía también a Angéline, que era aún más bella, y que todos los hombres habrían adorado de rodillas... Pero las cosas no ocurrieron exactamente como usted dice.

Fue para mí una gran emoción. ¿Era la verdad inesperada de la que ya desesperaba? ¿Iba a saberlo todo? En un primer momento no desconfié y le dije:

-¡Ah! amigo mío, ¡qué favor me hace! Por fin mi pobre cabeza va a poder calmarse. Hable rápido, cuéntemelo todo.

Pero él no me escuchaba, su mirada permanecía perdida en la lejanía. Luego habló con voz de ensueño, como si hubiera ido creando los seres y las cosas a medida que los evocaba.

-Angéline era, a los doce años, un alma en la que todo el amor de la mujer había florecido ya, con sus arrebatos de alegría y de dolor. Fue ella quien cayó perdidamente celosa de la nueva esposa, que veía cada día del brazo de su padre. Sufría como si se tratara de una horrible traición, pero no era sólo a su madre a la que la nueva pareja insultaba, era a ella misma a la que torturaba y le desgarraba el corazón. Cada noche, oía a su madre que la llamaba desde la tumba; y una noche en que sufría demasiado y moría de exceso de amor, para unirse con ella, la chiquilla de doce años se clavó un cuchillo en el corazón.

Yo lancé un grito: «¡Dios santo! ¿es posible?»

-¡Qué espanto y qué horror -prosiguió sin oírme- cuando al día siguiente, el señor y la señora G... encontraron a Angéline en su pequeña cama con aquel cuchillo clavado hasta el mango, en pleno pecho! Estaban en la víspera de marcharse a Italia, y no había allí más que la anciana doncella que había criado a la niña. Ante el terror de que pudieran acusarles de un crimen, ayudados por la doncella, enterraron efectivamente el pequeño cuerpo, pero en un rincón del invernadero que hay detrás de la casa, al pie de un naranjo gigante. Y allí lo encontraron el día en que, muertos ya los padres, la anciana criada contó la historia.

Me habían surgido dudas, lo miraba, presa de inquietud, preguntándome si no se lo estaba inventando.

-Pero -le pregunté- ¿cree pues también que Angéline pueda volver cada noche al escuchar el grito desgarrador de la voz misteriosa que la llama?

Esta vez me miró y volvió a sonreír con aire indulgente.

-¿Volver? ¡oh, amigo mío! todo el mundo vuelve. ¿Por qué no quiere que el alma de la querida pequeña muerta habite aún en los lugares en los que amó y sufrió? Si se oye una voz que la llama, es que la vida no ha vuelto a comenzar aún para ella, pero recomenzará, esté seguro de ello, puesto que todo recomienza, nada se pierde, ni al amor ni la belleza... ¡Angéline! ¡Angéline! ¡Angéline! y ella renacerá en el sol y en las flores.

Definitivamente, ni la convicción ni la calma se establecían en mí. Mi viejo amigo V..., el poeta niño, no me había aportado sino más confusión. Sin duda se lo estaba inventando. No obstante, como todos los videntes, tal vez adivinaba.

-¿Es de verdad, todo lo que me está contando? -me atreví a preguntarle riendo.

Él se animó a su vez:

-Por supuesto que es cierto. ¿Es que todo lo infinito no es verdad?

Aquella fue la última vez que lo vi, pues tuve que ausentarme de París, un tiempo después. Aún puedo verlo con su mirada soñadora perdida sobre las sábanas blancas del Luxemburgo, tan tranquilo en la certidumbre de su sueño sin fin, mientras que a mí me devoraba la necesidad de establecer para siempre la verdad huidiza.

III

Trascurrieron dieciocho meses. Yo me había visto obligado a viajar; grandes preocupaciones y grandes alegrías habían apasionado mi vida, en mitad de la tempestad que nos lleva a todos hacia lo desconocido. Pero, siempre, a determinadas horas, oía venir desde lejos y entrar en mí el desolado grito: «¡Angéline! ¡Angéline! ¡Angéline!». Y permanecía temblando, dominado de nuevo por la duda, torturado por el deseo de saber. No podía olvidar, no existía para mí más infierno que la incertidumbre.

No puedo decir cómo, una admirable velada de junio, me volví a encontrar en bicicleta por el camino apartado de la Sauvagière. ¿Había deseado formalmente volver a verla? ¿Era un simple instinto el que me hacía abandonar la carretera y dirigirme hacia aquel lugar? Eran casi las ocho; pero el cielo, en los días más largos del año, irradiaba aún con un ocaso del astro triunfal, sin una sola nube, todo un infinito de oro y azur. Y ¡qué aire ligero y delicioso, qué buen olor de árboles y hierbas, qué tierna alegría en la paz inmensa de los campos!

Como la primera vez, ante la Sauvagière, el estupor me hizo saltar de la máquina. Dudé un instante, no era la misma propiedad. Una bella reja nueva brillaba bajo el sol poniente, se habían levantado de nuevo los muros de la tapia y la casa, que apenas veía entre los árboles, parecía haber retomado una alegría risueña de juventud. ¿Era pues la resurrección anunciada? ¿Angéline había vuelto a la vida gracias a las llamadas de la voz lejana? Había permanecido en la carretera, impresionado, mirando, cuando unos pasos lentos, cerca de mí, me sobresaltaron. Era la señora Toussaint que traía su vaca de un campo de alfalfa próximo.

-¿No tienen miedo pues éstos? -le dije, señalando la casa con un gesto.

Me reconoció y detuvo el animal.

-¡Ah señor! hay gente que marcharía sobre el buen Dios. Hace ya más de un año que la propiedad fue comprada. Pero es un pintor el que lo hizo, el pintor B..., y ya se sabe, los artistas son capaces de todo.

Luego se fue con el animal añadiendo con un cabeceo:

-En fin, ya veremos en qué queda esto.

¡El pintor B..., el delicado e ingenioso artista que había pintado a tantas amables parisinas! Yo lo conocía un poco, intercambiábamos apretones de manos en los teatros, en las salas de exposiciones, en los lugares en los que nos encontrábamos. Y, de repente, un deseo irresistible de entrar, de confesarme a él, de suplicarle que me dijera lo que sabía de cierto sobre esta Sauvagière, cuyo aspecto desconocido me obsesionaba. Y, sin reflexionar, sin reparar en mi polvoriento atuendo de ciclista, que la costumbre empieza a tolerar por otra parte, empujé mi bicicleta hasta el tronco mohoso de un viejo árbol. Al escuchar el sonido claro del timbre cuyo resorte se movía en la reja, un criado acudió al que le entregué mi tarjeta de visita, y que me dejó por un instante en el jardín.

Mi sorpresa aumentó aún más cuando lancé una mirada a mi alrededor. Habían reparado la fachada, ya no se veían las grietas ni los ladrillos separados; la escalinata, adornada con rosas, se había convertido en un umbral de feliz bienvenida; y las animadas ventanas reían ahora, comunicaban la alegría existente en el interior, detrás de la blancura de sus cortinas. Y además, el jardín había sido limpiado de ortigas y zarzas, el parterre volvía a ser visible como un gran ramo oloroso, los viejos árboles parecían rejuvenecidos en su paz secular por la lluvia dorada de un sol primaveral.

Cuando el criado reapareció, me introdujo en un salón comentándome que el señor había ido al pueblo vecino, pero que no tardaría en regresar. Lo habría esperado durante horas; me entretuve examinando la habitación en la que me hallaba, instalada lujosamente con mullidas alfombras, cortinas y guardapuertas de cretona, conjuntadas con el amplio diván y los grandes sillones. Aquellos cortinajes eran tan grandes que me sorprendió entrar en un espacio tan oscuro. Luego la oscuridad se hizo completa. No sé cuanto tiempo tuve que permanecer allí, se habían olvidado de mí, sin traer siquiera una lámpara. Sentado en la oscuridad, me había puesto a revivir toda la historia trágica, abandonándome a la ensoñación. ¿Angéline había sido asesinada? ¿Se había clavado ella misma un cuchillo en mitad del corazón? Y, confieso que, en esta casa encantada, ahora a oscuras, el miedo se adueñó de mí, un miedo que sólo fue un ligero malestar, un pequeño escalofrío a flor de piel, pero que más tarde se exasperó, me heló por completo en una locura de pánico.

Al principio me pareció que unos ruidos vagos erraban por algún lado. Era sin duda en las profundidades del sótano, quejas sordas, sollozos reprimidos, pesados pasos de fantasma. Luego, aquello subió, se acercó y toda la casa oscura me pareció llenarse de angustia horrorosa. Y, de repente, se oyó la terrible llamada: «¡Angéline! ¡Angéline! ¡Angéline!» con tal fuerza creciente, que creí sentir pasar sobre mi cara un soplo frío. Una puerta del salón se abrió violentamente. Angéline entró, cruzó la habitación sin verme. La reconocí en medio de la ráfaga de luz que había entrado con ella desde el vestíbulo iluminado. Era la pequeña muerta de doce años, de una belleza milagrosa, con sus admirables cabellos rubios sobre los hombros, vestida de blanco, blanqueada por la tierra de la que volvía cada noche. Pasó muda, desatinada, desapareció por otra puerta, mientras que, de nuevo, el grito se repetía más lejano: «¡Angéline! ¡Angéline! ¡Angéline!». Y yo permanecí de pie, con la frente cubierta de sudor, en un estado de pavor que erizaba todo el vello de mi cuerpo, bajo aquel viento de terror procedente del misterio.

Casi inmediatamente, creo, en el momento en el que el criado traía por fin una lámpara, tuve consciencia de que el pintor B... estaba allí y me daba la mano, excusándose por haberme hecho esperar tanto rato. No tuve falso amor propio, le conté lo que me había sucedido, aún nervioso. Y ¡con qué sorpresa me escuchó en un primer momento y con qué buenas risas se apresuró a tranquilizarme después!

-Usted ignora sin duda, amigo mío, que yo soy primo de la segunda señora de G... ¡Pobre mujer! ¡acusarla del asesinato de aquella chiquilla que amó y que lloró tanto como el padre! Pues la única cosa cierta es que, efectivamente, la niña murió aquí, pero no por su propia mano ¡Dios Santo!, sino de una fiebre repentina, como un rayo, por lo que los padres le tomaron pavor a esta casa, y no quisieron volver a ella jamás. Eso explica que permaneciera deshabitada mientras ellos vivían. Después de su muerte, hubo interminables procesos que impidieron su venta. Yo la quería, la aceché durante años, y le aseguro que no hemos visto nunca ningún aparecido.

El pequeño escalofrío me volvió, y comenté:

-Pero, yo acabo de ver ahí, hace un instante a Angéline... La terrible voz la llamaba, y ha pasado por ahí, ha cruzado esta habitación.

Él me miraba sorprendido, creyendo que yo estaba perdiendo la razón. Pero de repente, soltó una sonora carcajada de hombre feliz.

-Es mi hija la que acaba de ver. Tuvo por padrino al señor de G... que, por devoción al recuerdo, le puso ese nombre; y si su madre la ha llamado, habrá pasado por aquí. -Él mismo abrió la puerta y llamó de nuevo: «¡Angéline! ¡Angéline! ¡Angéline!».

La niña regresó, pero viva y vibrante de alegría. Era ella, con su vestido blanco, sus admirables cabellos rubios sobre los hombros, y tan bella, tan radiante de esperanza, que era como una primavera que lleva en capullo la promesa del amor, la prolongada felicidad de una existencia. ¡Ah! ¡la querida aparecida, la niña nueva que renacía de la niña muerta! La muerte había sido vencida. Mi viejo amigo, el poeta V..., no mentía, nada se pierde, todo recomienza, la belleza como el amor. La voz de las madres llama a las niñas de hoy, a las enamoradas de mañana y reviven bajo el sol, entre las flores. Era de ese despertar de la niña de lo que la casa se encontraba encantada, la casa que había vuelto a ser joven y feliz, en la alegría reencontrada de la eterna vida.

FIN

Émile Zola


El ayuno

Émile Zola

I

Cuando el vicario subió al púlpito con su amplio sobrepelliz de blancura angelical, la pequeña baronesa estaba beatíficamente sentada en su sitio habitual, cerca de una salida de calor, delante de la capilla de los Santos Ángeles. Tras el recogimiento habitual, el vicario pasó delicadamente por sus labios un fino pañuelo de batista; luego abrió los brazos como un serafín que va a emprender el vuelo, inclinó la cabeza y habló. En la amplia nave, su voz fue en un primer momento como un murmullo lejano de agua corriente, como un lamento amoroso del viento entre los follajes. Y, poco a poco, el soplo aumentó, la brisa se convirtió en tempestad, la voz se difundió bajo las bóvedas con majestuoso fragor de trueno. Pero siempre, por momentos, incluso en medio de sus más formidables invectivas, la voz del vicario se hacía súbitamente suave, lanzando un claro rayo de sol en medio del sombrío huracán de su elocuencia. La pequeña baronesa, desde los primeros susurros en las hojas, había adoptado la pose receptiva y encantada de una persona de oído delicado que se dispone a gozar de todas las finuras de una sinfonía amada. Pareció encantada de la suavidad de los primeros acordes; luego siguió, con atención de experta, las elevaciones de la voz, la expansión de la tormenta final, administradas con tanta experiencia; y cuando la voz hubo adquirido toda su amplitud, cuando tronó, engrandecida por el eco de la nave, la pequeña baronesa no pudo reprimir un discreto bravo, un cabeceo de satisfacción. A partir de ese momento, fue un gozo celestial. Todas las devotas se desmayaban.

II

Pero el vicario decía algo; su música acompañaba a determinadas palabras. Estaba predicando acerca del ayuno; decía cuán agradables le resultan a Dios las mortificaciones de sus criaturas. Asomado al borde del púlpito, en su actitud de gran pájaro blanco, suspiraba: -Ha llegado la hora, hermanos y hermanas, en la que todos, como Jesucristo, debemos coger nuestra cruz, coronarnos de espinas, subir a nuestro calvario, con los pies descalzos sobre las rocas y entre las zarzas. La pequeña baronesa encontró sin duda la frase blandamente redondeada porque parpadeó suavemente como halagada en el corazón. Luego, como la sinfonía del vicario la mecía, mientras continuó escuchando los compases melódicos se dejó llevar hasta una semiensoñación repleta de íntima voluptuosidad. Frente a ella veía una de las largas ventanas del coro, gris de bruma. La lluvia no debía haber cesado. La querida joven había venido al sermón con un tiempo atroz. Pero hay que sacrificarse un poco cuando se tiene religión. Su cochero había recibido un horrible chaparrón, y ella misma, al saltar al pavimento, se había mojado ligeramente la punta de los pies. Su coche, afortunadamente, era excelente, bien cerrado y acolchado como una alcoba. ¡Pero era tan triste ver, a través de los cristales húmedos, una fila de paraguas apresurados correr sobre cada acerado! Pensaba que, si hubiera hecho buen tiempo, habría podido venir en victoria. Habría sido mucho más divertido. En el fondo, su gran temor era que el vicario despachara demasiado rápidamente su sermón. De ser así, tendría que esperar su coche, porque desde luego no aceptaría pisar charcos con semejante tiempo. Y calculaba que, al ritmo que llevaba, el vicario no tendría voz para dos horas; su cochero llegaría demasiado tarde. Esta ansiedad le echaba a perder un poco sus devotas alegrías.

III

El vicario, con cóleras bruscas que le hacían erguirse con el pelo sacudido y los puños hacia delante como un hombre atormentado por un espíritu vengador, rugía:
-Y sobre todo ¡ay de vosotras! si no derramáis sobre los pies de Jesús el perfume de vuestros remordimientos, el óleo perfumado de vuestros arrepentimientos. Creedme, temblad y caed de rodillas al suelo. Es viniendo a encerraros en el purgatorio de la penitencia abierto por la Iglesia durante estos días de contrición universal; es desgastando las losas bajo vuestras frentes empalidecidas por el ayuno; descendiendo a las angustias del hambre y del frío, del silencio y de la noche, como mereceréis el perdón divino en el día fulgurante del triunfo. La pequeña baronesa, distraída de su preocupación por aquel terrible estrépito, movió lentamente la cabeza como si estuviera totalmente de acuerdo con el irritado sacerdote. Había que coger unos azotes, meterse en un rincón muy oscuro, muy húmedo, muy glacial y darse allí unas disciplinas; de eso no le cabía la menor duda. Luego volvió a sumirse en su ensimismamiento; se perdió al fondo de un bienestar, de un éxtasis enternecido. Estaba confortablemente sentada en una silla baja de ancho respaldo y tenía bajo sus pies un cojín bordado que le impedía sentir el frío del pavimento. Medio recostada, gozaba de la iglesia, de aquel bajel donde flotaban vapores de incienso, donde las profundidades, llenas de sombras misteriosas, se poblaban de adorables visiones. La nave, con sus colgaduras de terciopelo rojo, sus ornamentos de oro y mármol, con su aspecto de inmenso gabinete femenino lleno de perfumes turbadores, iluminada por la suave luz de las lamparillas, cerrada y como lista para amores sobrehumanos, la había envuelto poco a poco con el encanto de sus pompas. Era la fiesta de los sentidos. Su linda persona rellenita se abandonaba, halagada, mecida, acariciada. Y su voluptuosidad se sentía muy pequeña en medio de tan amplia beatitud. Pero, pese a sí misma, lo que la lisonjeaba aún más deliciosamente, era el aliento tibio de la boca de calor abierta casi bajo su falda. Era muy friolera, la pequeña baronesa. La salida de calor lanzaba discretamente sus cálidas caricias a lo largo de sus medias de seda. Un cierto adormecimiento se adueñaba de ella en aquel baño de muelle ligereza.

IV

El vicario seguía en plena ira. Y lanzaba a todas las devotas presentes al aceite hirviendo del infierno. -Si no escucháis la voz de Dios, si no escucháis mi voz que es la del mismo Dios, en verdad os digo que un día oiréis vuestros huesos crujir de angustia, sentiréis vuestra carne derretirse sobre carbones ardientes, y entonces gritaréis en vano: «¡Piedad, Señor, piedad, me arrepiento!», porque Dios no tendrá misericordia y con el pie os arrojará al abismo. Al escuchar estas últimas palabras un escalofrío recorrió el auditorio. La pequeña baronesa a la que adormecía claramente el aire cálido que corría por su falda, sonrió vagamente. La pequeña baronesa conocía bastante al vicario. La víspera él había cenado en su casa. Adoraba el paté de salmón trufado y el borgoña era su vino favorito. Era, sin duda, un hombre apuesto, entre treinta y cinco y cuarenta años, moreno, con la cara tan redonda y rosada que aquel rostro de sacerdote se habría confundido fácilmente con la cara solazada de una moza de alquería. Además de eso, un hombre de mundo, buen comensal, buen conversador. Las mujeres lo adoraban, la pequeña baronesa bebía los vientos por él. Él le decía con una voz adorablemente dulce: «¡Ah!, señora, con semejante atuendo condenaría usted a un santo!» Pero él, el querido padre, no se condenaba. Corría a repetirle a la condesa, a la marquesa, a sus otras penitentes la misma galantería, lo que le convertía en el niño mimado de todas aquellas damas. Cuando iba a cenar a casa de la pequeña baronesa los jueves, lo cuidaba como a una querida criatura a la que la menor corriente de aire podría resfriar y a la que un mal bocado le produciría indefectiblemente una indigestión. En el salón, su sillón estaba en el rincón de la chimenea; en la mesa, el personal de servicio tenía orden de velar particularmente por su plato, de servirle a él sólo cierto borgoña de doce años, que él bebía cerrando los ojos con fervor como si estuviera comulgando. ¡El vicario era tan bueno, tan bueno! Mientras que en lo alto del púlpito hablaba de huesos que crujen y de miembros que se asan, la pequeña baronesa en el estado de duermevela en el que se encontraba, lo veía a su mesa, limpiándose beatíficamente los labios, y diciéndole: «He aquí, mi querida señora, una sopa de marisco que le haría hallar gracia ante Dios Padre, si su belleza no bastara ya para garantizarle el paraíso».

V

Cuando acabó con la ira y las amenazas, el vicario se puso a sollozar. Ésa era, normalmente, su táctica. Casi de rodillas en el púlpito, no mostrando nada más que los hombros y luego, de golpe, incorporándose, doblándose como abatido por el dolor, se secaba los ojos con gran crujido de muselina almidonada, lanzaba los brazos al aire, a la derecha, a la izquierda, adoptando poses de pelícano herido. Era la conclusión, el final, el fragmento a gran orquesta, la escena movida del desenlace. -Llorad, llorad -llorisqueaba con voz expirante- llorad por vosotros, llorad por mí, llorad por Dios… La pequeña baronesa dormía por completo con los ojos abiertos. El calor, el incienso, la oscuridad que iba incrementándose, la habían adormecido. Se había acurrucado, se había encerrado en las voluptuosas sensaciones que experimentaba y, disimuladamente, soñaba con cosas muy agradables. A su lado, en la capilla de los Santos Ángeles, había un gran fresco que representaba a un grupo de guapos jóvenes, medio desnudos, con alas a la espalda. Sonreían con sonrisa de amantes felices, mientras que sus actitudes inclinadas, arrodilladas, parecían adorar a alguna pequeña baronesa invisible. ¡Qué guapos muchachos, qué labios tan tiernos, qué piel de satén, qué brazos musculosos! Lo peor era que uno de ellos se parecía totalmente al joven duque de P…, uno de los buenos amigos de la pequeña baronesa. En su sopor se preguntaba si el duque estaría bien desnudo y con alas en la espalda. Y, por momentos, se imaginaba que el gran querubín rosado llevaba el traje negro del duque. Luego el sueño se afirmó: era verdaderamente el duque con ropa escasa el que le enviaba besos desde el fondo oscuro.

VI

Cuando la pequeña baronesa se despertó, oyó al vicario pronunciar la frase sacramental: «Les deseo la gracia». Permaneció un instante confusa; creyó que el vicario le deseaba los besos del joven duque.
Se produjo un gran ruido de sillas. Todo el mundo se fue; la pequeña baronesa había adivinado: su cochero no estaba aún al pie de la escalinata. Aquel diablo de vicario había despachado su sermón robándole a sus penitentes al menos veinte minutos de elocuencia. Y, cuando la pequeña baronesa se impacientaba en una nave lateral, se encontró con el vicario que salía precipitadamente de la sacristía. Miraba la hora en su reloj, tenía el aspecto apresurado del hombre que no quiere llegar tarde a una cita. -¡Ah!, ¡qué retrasado voy!, querida señora -dijo. Me están esperando en casa de la condesa. Hay un concierto espiritual seguido de una pequeña colación.

FIN

Noveaux contes à Ninon, 1874

Guy de Maupassant


La noche


Guy de Maupassant

Amo la noche con pasión. La amo, como uno ama a su país o a su amante, con un amor instintivo, profundo, invencible. La amo con todos mis sentidos, con mis ojos que la ven, con mi olfato que la respira, con mis oídos, que escuchan su silencio, con toda mi carne que las tinieblas acarician. Las alondras cantan al sol, en el aire azul, en el aire caliente, en el aire ligero de la mañana clara. El búho huye en la noche, sombra negra que atraviesa el espacio negro, y alegre, embriagado por la negra inmensidad, lanza su grito vibrante y siniestro.

El día me cansa y me aburre. Es brutal y ruidoso. Me levanto con esfuerzo, me visto con desidia y salgo con pesar, y cada paso, cada movimiento, cada gesto, cada palabra, cada pensamiento me fatiga como si levantara una enorme carga.

Pero cuando el sol desciende, una confusa alegría invade todo mi cuerpo. Me despierto, me animo. A medida que crece la sombra me siento distinto, más joven, más fuerte, más activo, más feliz. La veo espesarse, dulce sombra caída del cielo: ahoga la ciudad como una ola inaprensible e impenetrable, oculta, borra, destruye los colores, las formas; oprime las casas, los seres, los monumentos, con su tacto imperceptible.

Entonces tengo ganas de gritar de placer como las lechuzas, de correr por los tejados como los gatos, y un impetuoso deseo de amar se enciende en mis venas.

Salgo, unas veces camino por los barrios ensombrecidos, y otras por los bosques cercanos a París donde oigo rondar a mis hermanas las fieras y a mis hermanos, los cazadores furtivos. Aquello que se ama con violencia acaba siempre por matarlo a uno.

Pero ¿cómo explicar lo que me ocurre? ¿Cómo hacer comprender el hecho de que pueda contarlo? No sé, ya no lo sé. Sólo sé que es. Helo aquí.

El caso es que ayer -¿fue ayer?- Sí, sin duda, a no ser que haya sido antes, otro día, otro mes, otro año -no lo sé-. Debió ser ayer, pues el día no ha vuelto a amanecer, pues el sol no ha vuelto a salir. Pero, ¿desde cuándo dura la noche? ¿desde cuándo...? ¿Quién lo dirá? ¿Quién lo sabrá nunca? El caso es que ayer salí como todas las noches después de la cena. Hacía, bueno, una temperatura agradable, hacía calor. Mientras bajaba hacia los bulevares, miraba sobre mi cabeza el río negro y lleno de estrellas recortado en el cielo por los tejados de la calle, que se curvaba y ondeaba como un auténtico torrente, un caudal rodante de astros. Todo se veía claro en el aire ligero, desde los planetas hasta las farolas de gas. Brillaban tantas luces allá arriba y en la ciudad que las tinieblas parecían iluminarse. Las noches claras son más alegres que los días de sol espléndido.

En el bulevar resplandecían los cafés; la gente reía, pasaba o bebía. Entré un momento al teatro; ¿a qué teatro? ya no lo sé. Había tanta claridad que me entristecí y salí con el corazón algo ensombrecido por aquel choque brutal de luz en el oro de los balcones, por el destello ficticio de la enorme araña de cristal, por la barrera de fuego de las candilejas, por la melancolía de esta claridad falsa y cruda.

Me dirigí hacia los Campos Elíseos, donde los cafés concierto parecían hogueras entre el follaje. Los castaños radiantes de luz amarilla parecían pintados, parecían árboles fosforescentes. Y las bombillas eléctricas, semejantes a lunas destellantes y pálidas, a huevos de luna caídos del cielo, a perlas monstruosas, vivas, hacían palidecer bajo su claridad nacarada, misteriosa y real, los hilos del gas, del feo y sucio gas, y las guirnaldas de cristales coloreados.

Me detuve bajo el Arco del Triunfo para mirar la avenida, la larga y admirable avenida estrellada, que iba hacia París entre dos líneas de fuego, y los astros, los astros allá arriba, los astros desconocidos, arrojados al azar en la inmensidad donde dibujan esas extrañas figuras que tanto hacen soñar e imaginar.

Entré en el Bois de Boulogne y permanecí largo tiempo. Un extraño escalofrío se había apoderado de mí, una emoción imprevista y poderosa, un pensamiento exaltado que rozaba la locura.

Anduve durante mucho, mucho tiempo. Luego volví.

¿Qué hora sería cuando volví a pasar bajo el Arco del Triunfo? No lo sé. La ciudad dormía y nubes, grandes nubes negras, se esparcían lentamente en el cielo.

Por primera vez sentí que iba a suceder algo extraordinario, algo nuevo. Me pareció que hacía frío, que el aire se espesaba, que la noche, que mi amada noche, se volvía pesada en mi corazón. Ahora la avenida estaba desierta. Solos, dos agentes de policía paseaban cerca de la parada de coches de caballos y, por la calzada iluminada apenas por las farolas de gas que parecían moribundas, una hilera de vehículos cargados con legumbres se dirigía hacia el mercado de Les Halles. Iban lentamente, llenos de zanahorias, nabos y coles. Los conductores dormían, invisibles, y los caballos mantenían un paso uniforme, siguiendo al vehículo que los precedía, sin ruido sobre el pavimento de madera. Frente a cada una de las luces de la acera, las zanahorias se iluminaban de rojo, los nabos se iluminaban de blanco, las coles se iluminaban de verde, y pasaban, uno tras otro, estos coches rojos; de un rojo de fuego, blancos, de un blanco de plata, verdes, de un verde esmeralda.

Los seguí, y luego volví por la calle Royale y aparecí de nuevo en los bulevares. Ya no había nadie, ya no había cafés luminosos, sólo algunos rezagados que se apresuraban. Jamás había visto un París tan muerto, tan desierto. Saqué mi reloj. Eran las dos.

Una fuerza me empujaba, una necesidad de caminar. Me dirigí, pues, hacia la Bastilla. Allí me di cuenta de que nunca había visto una noche tan sombría, porque ni siquiera distinguía la columna de Julio, cuyo genio de oro se había perdido en la impenetrable oscuridad. Una bóveda de nubes, densa como la inmensidad, había ahogado las estrellas y parecía descender sobre la tierra para aniquilarla.

Volví sobre mis pasos. No había nadie a mi alrededor. En la Place du Château-d'Eau, sin embargo, un borracho estuvo a punto de tropezar conmigo, y luego desapareció. Durante algún tiempo seguí oyendo su paso desigual y sonoro. Seguí caminando. A la altura del barrio de Montmartre pasó un coche de caballos que descendía hacia el Sena. Lo llamé. El cochero no respondió. Una mujer rondaba cerca de la calle Drouot: «Escúcheme, señor.» Aceleré el paso para evitar su mano tendida hacia mí. Luego nada. Ante el Vaudeville, un trapero rebuscaba en la cuneta. Su farolillo vacilaba a ras del suelo. Le pregunté:

-¿Amigo, qué hora es?

-¡Y yo que sé! -gruñó-. No tengo reloj.

Entonces me di cuenta de repente de que las farolas de gas estaban apagadas. Sabía que en esta época del año las apagaban pronto, antes del amanecer, por economía; pero aún tardaría tanto en amanecer...

«Iré al mercado de Les Halles», pensé, «allí al menos encontré vida».

Me puse en marcha, pero ni siquiera sabía ir. Caminaba lentamente, como se hace en un bosque, reconociendo las calles, contándolas.

Ante el Crédit Lyonnais ladró un perro. Volví por la calle Grammont, perdido; anduve a la deriva, luego reconocí la Bolsa, por la verja que la rodea. Todo París dormía un sueño profundo, espantoso. Sin embargo, a lo lejos rodaba un coche de caballos, uno solo, quizá el mismo que había pasado junto a mí hacía un instante. Intenté alcanzarlo, siguiendo el ruido de sus ruedas a través de las calles solitarias y negras, negras como la muerte.

Una vez más me perdí. ¿Dónde estaba? ¡Qué locura apagar tan pronto el gas! Ningún transeúnte, ningún rezagado, ningún vagabundo, ni siquiera el maullido de un gato en celo. Nada.

«¿Dónde estaban los agentes de policía?", me dije. «Voy a gritar, y vendrán.» Grité, no respondió nadie.

Llamé más fuerte. Mi voz voló, sin eco, débil, ahogada, aplastada por la noche, por esta noche impenetrable.

Grité más fuerte: «¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro!»

Mi desesperada llamada quedó sin respuesta. ¿Qué hora era? Saqué mi reloj, pero no tenía cerillas. Oí el leve tic-tac de la pequeña pieza mecánica con una desconocida y extraña alegría. Parecía estar viva. Me encontraba menos solo. ¡Qué misterio! Caminé de nuevo como un ciego, tocando las paredes con mi bastón, levantando los ojos al cielo, esperando que por fin llegara el día; pero el espacio estaba negro, completamente negro, más profundamente negro que la ciudad.

¿Qué hora podía ser? Me parecía caminar desde hacía un tiempo infinito pues mis piernas desfallecían, mi pecho jadeaba y sentía un hambre horrible.

Me decidí a llamar a la primera cochera. Toqué el timbre de cobre, que sonó en toda la casa; sonó de una forma extraña, como si este ruido vibrante fuera el único del edificio. Esperé. No contestó nadie. No abrieron la puerta. Llamé de nuevo; esperé... Nada.

Tuve miedo. Corrí a la casa siguiente, e hice sonar veinte veces el timbre en el oscuro pasillo donde debía dormir el portero. Pero no se despertó, y fui más lejos, tirando con todas mis fuerzas de las anillas o apretando los timbres, golpeando con mis pies, con mi bastón o mis manos todas las puertas obstinadamente cerradas.

Y de pronto, vi que había llegado al mercado de Les Halles. Estaba desierto, no se oía un ruido, ni un movimiento, ni un vehículo, ni un hombre, ni un manojo de verduras o flores. Estaba vacío, inmóvil, abandonado, muerto.

Un espantoso terror se apoderó de mí. ¿Qué sucedía? ¡Oh Dios mío! ¿qué sucedía?

Me marché. Pero, ¿y la hora? ¿y la hora? ¿quién me diría la hora?

Ningún reloj sonaba en los campanarios o en los monumentos. Pensé: «Voy a abrir el cristal de mi reloj y tocaré la aguja con mis dedos.» Saqué el reloj... ya no sonaba... se había parado. Ya no quedaba nada, nada, ni siquiera un estremecimiento en la ciudad, ni un resplandor, ni la vibración de un sonido en el aire. Nada. Nada más. Ni tan siquiera el rodar lejano de un coche, nada.

Me encontraba en los muelles, y un frío glacial subía del río.

¿Corría aún el Sena?

Quise saberlo, encontré la escalera, bajé... No oía la corriente bajo los arcos del puente... Unos escalones más... luego la arena... el fango... y el agua... hundí mi brazo, el agua corría, corría, fría, fría, fría... casi helada... casi detenida... casi muerta.

Y sentí que ya nunca tendría fuerzas para volver a subir... y que iba a morir allí abajo... yo también, de hambre, de cansancio, y de frío.

FIN

lunes, 21 de marzo de 2011

Anton Chejov

La tristeza

Anton Chejov

La capital está envuelta en las penumbras vespertinas. La nieve cae lentamente en gruesos copos, gira alrededor de los faroles encendidos, se extiende, en fina, blanda capa, sobre los tejados, sobre los lomos de los caballos, sobre los hombros humanos, sobre los sombreros.

El cochero Yona está todo blanco, como un aparecido. Sentado en el pescante de su trineo, encorvado el cuerpo cuanto puede estarlo un cuerpo humano, permanece inmóvil. Diríase que ni un alud de nieve que le cayese encima lo sacaría de su quietud.

Su caballo está también blanco e inmóvil. Por su inmovilidad, por las líneas rígidas de su cuerpo, por la tiesura de palos de sus patas, parece, aun mirado de cerca, un caballo de dulce de los que se les compran a los chiquillos por un copec. Hállase sumido en sus reflexiones: un hombre o un caballo, arrancados del trabajo campestre y lanzados al infierno de una gran ciudad, como Yona y su caballo, están siempre entregados a tristes pensamientos. Es demasiado grande la diferencia entre la apacible vida rústica y la vida agitada, toda ruido y angustia, de las ciudades relumbrantes de luces.

Hace mucho tiempo que Yona y su caballo permanecen inmóviles. Han salido a la calle antes de almorzar; pero Yona no ha ganado nada.

Las sombras se van adensando. La luz de los faroles se va haciendo más intensa, más brillante. El ruido aumenta.

- ¡Cochero! -oye de pronto Yona-. ¡Llévame a Viborgskaya!

Yona se estremece. A través de las pestañas cubiertas de nieve ve a un militar con impermeable.

- ¿Oyes? ¡A Viborgskaya! ¿Estás dormido?

Yona le da un latigazo al caballo, que se sacude la nieve del lomo. El militar toma asiento en el trineo. El cochero arrea al caballo, estira el cuello como un cisne y agita el látigo. El caballo también estira el cuello, levanta las patas, y, sin apresurarse, se pone en marcha.

- ¡Ten cuidado! -grita otro cochero invisible, con cólera-. ¡Nos vas a atropellar, imbécil! ¡A la derecha!

- ¡Vaya un cochero! -dice el militar-. ¡A la derecha!

Siguen oyéndose los juramenitos del cochero invisible. Un transeúnte que tropieza con el caballo de Yona gruñe amenazador. Yona, confuso, avergonzado, descarga algunos latigazos sobre el lomo del caballo. Parece aturdido, atontado, y mira alrededor como si acabara de despertar de un sueño profundo.

- ¡Se diría que todo el mundo ha organizado una conspiración contra ti! -dice con tono irónico el militar-. Todos procuran fastidiarte, meterse entre las patas de tu caballo. ¡Una verdadera conspiración!

Yona vuelve la cabeza y abre la boca. Se ve que quiere decir algo; pero sus labios están como paralizados, y no puede pronunciar una palabra.

El cliente advierte sus esfuerzos y pregunta:

- ¿Qué hay?

Yona hace un nuevo esfuerzo y contesta con voz ahogada:

- Ya ve usted, señor... He perdido a mi hijo... Murió la semana pasada...

- ¿De veras?... ¿Y de qué murió?

Yona, alentado por esta pregunta, se vuelve aún más hacia el cliente y dice:

- No lo sé... De una de tantas enfermedades... Ha estado tres meses en el hospital y a la postre... Dios que lo ha querido.

- ¡A la derecha! -óyese de nuevo gritar furiosamente-. ¡Parece que estás ciego, imbécil!

- ¡A ver! -dice el militar-. Ve un poco más aprisa. A este paso no llegaremos nunca. ¡Dale algún latigazo al caballo!

Yona estira de nuevo el cuello como un cisne, se levanta un poco, y de un modo torpe, pesado, agita el látigo.

Se vuelve repetidas veces hacia su cliente, deseoso de seguir la conversación; pero el otro ha cerrado los ojos y no parece dispuesto a escucharle.

Por fin, llegan a Viborgskaya. El cochero se detiene ante la casa indicada; el cliente se apea. Yona vuelve a quedarse solo con su caballo. Se estaciona ante una taberna y espera, sentado en el pescante, encorvado, inmóvil. De nuevo la nieve cubre su cuerpo y envuelve en un blanco cendal caballo y trineo.

Una hora, dos... ¡Nadie! ¡Ni un cliente!

Mas he aquí que Yona torna a estremecerse: ve detenerse ante él a tres jóvenes. Dos son altos, delgados; el tercero, bajo y chepudo.

- ¡Cochero, llévanos al puesto de policía! ¡Veinte copecs por los tres!

Yona coge las riendas, se endereza. Veinte copecs es demasiado poco; pero, no obstante, acepta; lo que a él le importa es tener clientes.

Los tres jóvenes, tropezando y jurando, se acercan al trineo. Como sólo hay dos asientos, discuten largamente cuál de los tres ha de ir de pie. Por fin se decide que vaya de pie el jorobado.

- ¡Bueno; en marcha! -le grita el jorobado a Yona, colocándose a su espalda-. ¡Qué gorro llevas, muchacho! Me apuesto cualquier cosa a que en toda la capital no se puede encontrar un gorro más feo...

- ¡El señor está de buen humor! -dice Yona con risa forzada-. Mi gorro...

- ¡Bueno, bueno! Arrea un poco a tu caballo. A este paso no llegaremos nunca. Si no andas más aprisa te administraré unos cuantos sopapos.

- Me duele la cabeza -dice uno de los jóvenes-. Ayer, yo y Vaska nos bebimos en casa de Dukmasov cuatro botellas de caña.

- ¡Eso no es verdad! -responde el otro- Eres un embustero, amigo, y sabes que nadie te cree.

- ¡Palabra de honor!

- ¡Oh, tu honor! No daría yo por él ni un céntimo.

Yona, deseoso de entablar conversación, vuelve la cabeza, y, enseñando los dientes, ríe atipladamente.

- ¡Ji, ji, ji!... ¡Qué buen humor!

- ¡Vamos, vejestorio! -grita enojado el chepudo-. ¿Quieres ir más aprisa o no? Dale de firme al gandul de tu caballo. ¡Qué diablo!

Yona agita su látigo, agita las manos, agita todo el cuerpo. A pesar de todo, está contento; no está solo. Le riñen, lo insultan; pero, al menos, oye voces humanas. Los jóvenes gritan, juran, hablan de mujeres. En un momento que se le antoja oportuno, Yona se vuelve de nuevo hacia los clientes y dice:

- Y yo, señores, acabo de perder a mi hijo. Murió la semana pasada...

- ¡Todos nos hemos de morir!-contesta el chepudo-. ¿Pero quieres ir más aprisa? ¡Esto es insoportable! Prefiero ir a pie.

- Si quieres que vaya más aprisa dale un sopapo -le aconseja uno de sus camaradas.

- ¿Oye, viejo, estás enfermo?-grita el chepudo-. Te la vas a ganar si esto continúa.

Y, hablando así, le da un puñetazo en la espalda.

- ¡Ji, ji, ji! -ríe, sin ganas, Yona-. ¡Dios les conserve el buen humor, señores!

- Cochero, ¿eres casado? -pregunta uno de los clientes.

- ¿Yo? !Ji, ji, ji! ¡Qué señores más alegres! No, no tengo a nadie... Sólo me espera la sepultura... Mi hijo ha muerto; pero a mí la muerte no me quiere. Se ha equivocado, y en lugar de cargar conmigo ha cargado con mi hijo.

Y vuelve de nuevo la cabeza para contar cómo ha muerto su hijo; pero en este momento el chepudo, lanzando un suspiro de satisfacción, exclama:

- ¡Por fin, hemos llegado!

Yona recibe los veinte copecs convenidos y los clientes se apean. Les sigue con los ojos hasta que desaparecen en un portal.

Torna a quedarse solo con su caballo. La tristeza invade de nuevo, más dura, más cruel, su fatigado corazón. Observa a la multitud que pasa por la calle, como buscando entre los miles de transeúntes alguien que quiera escucharle. Pero la gente parece tener prisa y pasa sin fijarse en él.

Su tristeza a cada momento es más intensa. Enorme, infinita, si pudiera salir de su pecho inundaría al mundo entero.

Yona ve a un portero que se asoma a la puerta con un paquete y trata de entablar con él conversación.

- ¿Qué hora es? -le pregunta, melifluo.

- Van a dar las diez -contesta el otro-. Aléjese un poco: no debe usted permanecer delante de la puerta.

Yona avanza un poco, se encorva de nuevo y se sume en sus tristes pensamientos. Se ha convencido de que es inútil dirigirse a la gente.

Pasa otra hora. Se siente muy mal y decide retirarse. Se yergue, agita el látigo.

- No puedo más -murmura-. Hay que irse a acostar.

El caballo, como si hubiera entendido las palabras de su viejo amo, emprende un presuroso trote.

Una hora después Yona está en su casa, es decir, en una vasta y sucia habitación, donde, acostados en el suelo o en bancos, duermen docenas de cocheros. La atmósfera es pesada, irrespirable. Suenan ronquidos.

Yona se arrepiente de haber vuelto tan pronto. Además, no ha ganado casi nada. Quizá por eso -piensa- se siente tan desgraciado.

En un rincón, un joven cochero se incorpora. Se rasca el seno y la cabeza y busca algo con la mirada.

- ¿Quieres beber? -le pregunta Yona.

- Sí.

- Aquí tienes agua... He perdido a mi hijo... ¿Lo sabías?... La semana pasada, en el hospital... ¡Qué desgracia!

Pero sus palabras no han producido efecto alguno. El cochero no le ha hecho caso, se ha vuelto a acostar, se ha tapado la cabeza con la colcha y momentos después se le oye roncar.

Yona exhala un suspiro. Experimenta una necesidad imperiosa, irresistible, de hablar de su desgracia. Casi ha transcurrido una semana desde la muerte de su hijo; pero no ha tenido aún ocasión de hablar de ella con una persona de corazón. Quisiera hablar de ella largamente, contarla con todos sus detalles. Necesita referir cómo enfermó su hijo, lo que ha sufrido, las palabras que ha pronunciado al morir. Quisiera también referir cómo ha sido el entierro... Su difunto hijo ha dejado en la aldea una niña de la que también quisiera hablar. ¡Tiene tantas cosas que contar! ¡Qué no daría él por encontrar alguien que se prestase a escucharlo, sacudiendo compasivamente la cabeza, suspirando, compadeciéndolo! Lo mejor sería contárselo todo a cualquier mujer de su aldea; a las mujeres, aunque sean tontas, les gusta eso, y basta decirles dos palabras para que viertan torrentes de lágrimas.

Yona decide ir a ver a su caballo.

Se viste y sale a la cuadra.

El caballo, inmóvil, come heno.

- ¿Comes? -le dice Yona, dándole palmaditas en el lomo-. ¿Qué se le va a hacer, muchacho? Como no hemos ganado para comprar avena hay que contentarse con heno... Soy ya demasiado viejo para ganar mucho... A decir verdad, yo no debía ya trabajar; mi hijo me hubiera reemplazado. Era un verdadero, un soberbio cochero; conocía su oficio como pocos. Desgraciadamente, ha muerto...

Tras una corta pausa, Yona continúa:

- Sí, amigo..., ha muerto... ¿Comprendes? Es como si tú tuvieras un hijo y se muriera... Naturalmente, sufrirías, ¿verdad?...

El caballo sigue comiendo heno, escucha a su viejo amo y exhala un aliento húmedo y cálido.

Yona, escuchado al cabo por un ser viviente, desahoga su corazón contándoselo todo.

William Somerset Maugham

El collar de perlas

William Somerset Maugham

Yo estaba predispuesto a sentir antipatía por el señor Kelada aun sin haberlo conocido. La guerra acababa de terminar y el tráfico de pasajeros en las líneas oceánicas era intenso. Era difícil encontrar lugar y había que tomar lo que ofrecieran los agentes. No se podía esperar un camarote para uno solo, y yo agradecía el mío con sólo dos camas. Pero cuando escuché el nombre de mi compañero mi corazón se hundió. Sugirió puertas cerradas y la exclusión total del aire nocturno. Ya era bastante malo compartir un camarote por catorce días con cualquiera (yo viajaba de San Francisco a Yokohama), pero habría sido menos mi consternación si el nombre de mi compañero de cuarto hubiera sido Smith o Brown.

Cuando subí a bordo ya se encontraba ahí el equipaje del señor Kelada. No me gustó su aspecto, había demasiadas etiquetas en las valijas y el baúl de ropa era demasiado grande. Había desempacado sus objetos para el baño y observé el excelente Monsieur Coty; porque en el lavabo estaba su perfume, su jabón para el pelo y su brillantina.

Los cepillos del señor Kelada, ébano con su monograma en oro, habrían estado mejor para una friega. El señor Kelada no me gustaba en absoluto. Fui al salón fumador. Pedí un paquete de cartas y empecé a jugar paciencia.

Apenas había empezado cuando un hombre vino y me preguntó si no se equivocaba al pensar que mi nombre era tal y tal.

-Yo soy Kelada -añadió con una sonrisa que dejaba ver una fila de dientes brillantes, y se sentó.

-Oh, sí, compartimos un camarote, creo.

-Eso es suerte, diría yo. Uno nunca sabe con quién lo van a poner, me alegré cuando supe que usted era inglés. Soy partidario de que nosotros los ingleses nos congreguemos cuando estamos en el extranjero, usted me entiende.

Parpadeé.

-¿Es usted inglés? -pregunté, quizá con falta de tacto.

-Bastante. ¿Usted no creerá que soy estadounidense, o sí? Británico hasta la médula, eso es lo que soy.

Para probarlo, el señor Kelada sacó su pasaporte del bolsillo y lo desplegó bajo mi nariz.

El rey Jorge tiene muchos súbditos extraños. El señor Kelada era bajo y de complexión robusta, bien afeitado y de piel oscura, con una nariz carnosa y ganchuda y ojos grandes y brillantes. Su cabello era negro y levemente rizado. Hablaba con una fluidez en la que no había nada inglés y sus gestos eran exuberantes. Estuve seguro de que una inspección más detenida a su pasaporte habría traicionado el hecho de que el señor Kelada hubiera nacido bajo el cielo azul que suele verse en Inglaterra.

-¿Qué toma usted? -me preguntó.

Lo mire con vacilación. La prohibición estaba en vigor y todo indicaba que el barco estaba seco. Cuando no estoy sediento no sé que me desagrada más, si el ginger ale o el refresco de limón. Pero el señor Kelada me dirigió una brillante sonrisa oriental.

-Whisky con soda o un martini seco, usted solo tiene que decirlo.

Sacó un frasco de cada uno de sus bolsillos y los puso en la mesa ante mí. Escogí el martini, y llamando al camarero ordenó una jarra de hielo y un par de vasos.

-Muy buen coctel -dije yo.

-Bueno, hay muchos más en el lugar de donde vino éste, y si tiene amigos a bordo, dígales que tiene un camarada que posee todo el licor del mundo.

El señor Kelada era platicador. Habló de Nueva York y de San Francisco. Discutió obras de teatro, películas y política. Era patriótico. La bandera inglesa es un buen paño, pero cuando es ondeada por un el señor de Alejandría o Beirut, no puedo evitar sentir que de algún modo pierde algo de su dignidad. El señor Kelada era familiar. No deseo darme aires, pero no puedo evitar sentir que lo apropiado para un extraño total es poner “señor” antes de mi nombre cuando se dirige a mí. El señor Kelada, sin duda para que yo me sintiera cómodo, no empleaba tal formalidad. No me gustaba el señor Kelada. Yo había hecho a un lado las cartas cuando se sentó, pero ahora, pensando que para esta primera ocasión nuestra plática ya había durado bastante, seguí con mi juego.

-El tres sobre el cuatro -dijo el señor Kelada.

No hay nada más exasperante cuando usted está jugando paciencia que le digan dónde poner la carta que ha volteado antes de que la haya visto usted mismo.

-Está saliendo, está saliendo -gritó él-. El diez sobre la jota.

Furioso, di por terminado el solitario.

Entonces él tomó el paquete.

-¿Le gustan los juegos de cartas?

-No, odio los juegos de cartas -contesté.

-Sólo le mostraré este.

Me mostró tres. Entonces dije que bajaría al salón comedor y apartaría lugar a la mesa.

-Oh, eso está bien -dijo él-. Ya aparté un lugar para usted. Pensé que como estábamos en el mismo cuarto podríamos sentarnos en la misma mesa.

Repito que no me era simpático el señor Kelada.

No sólo compartía un camarote con él y comía con él tres comidas al día, sino que no podía caminar por el puente sin su compañía. Era imposible desairarlo. A él nunca se le ocurriría que no fuera deseado. Estaba seguro de que usted sería tan feliz de verlo como él a usted. En su propia casa usted lo habría sacado a patadas y cerrado la puerta en su cara sin que él tuviera la sospecha de que no era un visitante bienvenido. Era bueno para relacionarse y en tres días conocía a todos a bordo. Manejaba todo. Manejaba las loterías, conducía las subastas, recogía el dinero para los premios a los deportes, entregaba fichas y dirigía los juegos de golf, organizaba el concierto y el baile de trajes típicos. Estaba en todas partes siempre. Con certeza, era el hombre más odiado en el mundo. Lo llamábamos el señor sabelotodo, incluso en su cara. Lo tomaba como un halago. Pero era en las comidas cuando resultaba más intolerable. La mayor parte de una hora nos tenía a su merced. Era entusiasta, jovial, locuaz y argumentativo. Sabía todo mejor que cualquiera, y era una afrenta a su sobresaliente vanidad que usted estuviera en desacuerdo con él. No soltaría un tema, sin importar qué poco importante fuera, hasta que lo hubiera llevado a su propia forma de pensar. Nunca se le ocurrió la posibilidad de estar equivocado. Era el tipo que sabía.
Nos sentamos ante la mesa del doctor. El señor Kelada impondría su estilo, porque el doctor era perezoso y yo era un indiferente total, excepto por un hombre llamado Ramsay que también se sentó ahí. Era tan dogmático como el señor Kelada y resentía amargamente la arrogancia levantina. Las discusiones que tuvieron fueron encendidas e interminables. Ramsay estaba en el servicio consular estadounidense y radicado en Kobe. Era un gran tipo corpulento del medio oeste, con grasa suelta debajo de una piel apretada, y se desbordaba en su ropa de almacén. Regresaba a su puesto, luego de recoger a su mujer en Nueva York que había pasado un año ahí. La señora Ramsay tenía su gracia, con formas agradables y sentido del humor. El servicio consular es mal pagado, y ella se vestía muy sencillo, pero sabía cómo portar su ropa. Lograba un efecto de serena distinción. No le habría prestado ninguna atención especial, pero ella poseía una cualidad que puede ser bastante común entre las mujeres, pero actualmente no es común en su apariencia. En ella brillaba como una flor en un frac.

Una noche en la cena la conversación derivó por suerte sobre el tema de las perlas. En los periódicos habían aparecido muchas notas sobre las perlas cultivadas que estaban fabricando los astutos japoneses, y el doctor señaló que éstas disminuirían el valor de las verdaderas inevitablemente. Ya eran muy buenas y pronto serían perfectas. El señor Kelada, como era su costumbre, se arrojó sobre el nuevo tema. Nos dijo todo lo que había que saber sobre las perlas. Yo no pensé que Ramsay supiera nada sobre ellas en absoluto, pero no pudo resistirse a tener un choque con el levantino, y en cinco minutos estábamos en medio de una discusión acalorada. Antes había visto a Kelada vehemente y voluble, pero nunca tan vehemente y voluble como ahora. Al fin, algo que dijo Ramsay lo prendió, porque dio un puñetazo en la mesa y gritó.

-Bueno, yo debo saber de lo que hablo, voy a Japón para ver este asunto de las perlas japonesas. Estoy en el negocio y no existe un hombre que les diga que lo que yo digo sobre las perlas es falso. Conozco las mejores perlas del mundo, y lo que yo no sepa de perlas no vale la pena saberlo.

Esto era una noticia para nosotros, porque el señor Kelada, con toda su locuacidad, no había dicho a nadie cuál era su negocio. Sabíamos vagamente que iba a Japón para alguna diligencia comercial. Miró alrededor de la mesa en forma triunfal.

-Nunca serán capaces de hacer una perla cultivada que un experto como yo no pueda detectar con medio ojo -señaló el collar que llevaba la señora Ramsay-. Puede creerme, señora Ramsay, ese collar que usted lleva nunca valdrá un centavo menos que ahora.

La señora Ramsay se ruborizó con modestia y deslizó el collar dentro de su vestido. Ramsay se aproximó. Nos miró mientras asomaba una sonrisa en sus ojos.

-Es un bonito collar el de la señora Ramsay. ¿No es así?

-Lo percibí de inmediato -contestó el señor Kelada- y, me dije: "No cabe duda: son perlas legítimas".

-No las compré yo mismo, claro está. Me interesaría saber cuánto piensa usted que cuestan.

-Oh, en el comercio por ahí unos quince mil dólares. Pero si se compró en la Quinta Avenida no me sorprendería que se hubieran pagado hasta treinta mil dólares.

Ramsay sonrió secamente.

-Sin duda le sorprendería saber que la señora Ramsay compró ese collar, la víspera de nuestra salida de Nueva York, por dieciocho dólares en uno de los grandes almacenes de la ciudad.

El señor Kelada enrojeció.

-Nada de eso. No sólo es legítimo, sino es un collar tan bueno por su tamaño como nunca he visto.

-¿Apostaría por eso? Le apuesto cien dólares a que es imitación.

-De acuerdo.

-Oh, Ulmeh, no puedes apostar sobre un hecho cierto -dijo la señora Ramsay.

Ella tenía una sonrisa gentil en los labios y un tono suavemente desaprobatorio.

-¿No puedo? Si tengo la oportunidad de obtener dinero así de fácil sería un gran tonto si no lo tomara.

-¿Pero cómo puede probarse? -añadió ella-. Sólo es mi palabra contra la del señor Kelada.

-Déjeme mirar el collar, y si es una imitación se lo diré de inmediato. Puedo permitirme perder cien dólares -dijo el señor Kelada.

-Quítatelo, querida. Deja que el caballero lo mire tanto como quiera.

La señora Ramsay dudó un momento. Llevó sus manos al broche.

-No puedo quitármelo -dijo-. El señor Kelada tendrá que dar por buena mi palabra.

Tuve una súbita sospecha de que iba a ocurrir algo desafortunado, pero no se me ocurrió nada qué decir.

Ramsay brincó.

-Yo lo desataré.

Le entregó el collar al señor Kelada. El levantino sacó una lupa de su bolsillo y lo examinó detenidamente. Una sonrisa de triunfo se extendió en su suave cara morena. Regresó el collar. Estaba a punto de hablar. De repente observó el rostro de la señora Ramsay. Estaba tan blanca que parecía a punto de desmayarse. Lo miraba con ojos muy abiertos y una expresión de terror. Parecía una súplica desesperada; era tan claro que me pregunté por qué su marido no lo veía.

El señor Kelada se detuvo con la boca abierta. Se ruborizó profundamente. Usted casi podía ver el esfuerzo que hacía para vencer su convicción.

-Me equivoqué -dijo-. Es una muy buena imitación, pero claro, tan pronto como lo vi bajo mi lupa me di cuenta que no era real. Creo que dieciocho dólares es lo más que podría darse por esa bagatela.

Sacó del bolsillo un billete de cien dólares. Se lo entregó a Ramsay sin decir palabra.

-Tal vez eso le enseñe a no ser tan obcecado la próxima vez, mi joven amigo -dijo Ramsay al tomar el billete.

Percibí un temblor en las manos del señor Kelada.

La historia se esparció por el barco como hacen las historias, y tuvo que soportar muchas bromas esa noche. Se consideraba todo un triunfo haberlo vencido en algo. Pero la señora Ramsay se retiró a su cuarto con un fuerte dolor de cabeza.

Por la mañana me levanté y empecé a rasurarme. El señor Kelada yacía en su cama fumando un cigarro. De repente escuché el pequeño sonido de un roce y vi una carta que empujaban por debajo de la puerta. Abrí la puerta y miré. No había nadie. Levanté la carta y vi que estaba dirigida a Max Kelada. Estaba escrita en letras negras. Se la entregué.

-¿De quién será? -preguntó al abrirlo-.¡Oh! -exclamó, sacando del sobre no una carta sino un billete de cien dólares. Me miró y se ruborizó. Rompió el sobre y me dijo entregándomelo:

-¿Podría arrojarlos por la ventanilla?

Así lo hice, y entonces observé una velada sonrisa.

-A nadie le gusta que lo vean como un perfecto idiota -dijo.

-Entonces, ¿las perlas eran legítimas? - le pregunté.

-Si yo tuviera una esposa joven y bonita, como esa, no la dejaría pasar un año en Nueva York mientras yo estuviera en Kobe -dijo él.

En ese momento no me fue tan antipático del todo el señor Kelada. Sacó su cartera y puso en ella el billete de cien dólares.
FIN