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viernes 21 de octubre de 2011

El Mito de la Caverna


El Mito de la Caverna

Platón

-Después de eso -proseguí - compara nuestra naturaleza respecto de su educación y de su falta de
educación con una experiencia como ésta. Represéntate hombres en una morada subterránea en forma de
caverna, que tiene la entrada abierta, en toda su extensión, a la luz. En ella están desde niños
con las piernas y el cuello encadenados, de modo que deben permanecer allí y mirar
sólo delante de ellos, porque las cadenas les impiden girar en derredor las cabeza. Más arriba y
más lejos se halla l luz de un fuego que brilla detrás de ellos; y entre el fuego y los prisioneros
hay un tabique construido de lado a lado, como el biombo que los titiriteros levantan delante del
público para mostrar, por encima del biombo, los muñecos.
-Me lo imagino.

- Imagínate ahora que, del otro lado del tabique, pasan sombras que llevan toda clase de utensilios
y figurillas de hombres y otros animales, hechos en piedra y madera y de diversas clases; y entre
los que pasan unos hablan y otros callan.
-Extraña comparación haces, y extraños son esos prisioneros.

-Pero son como nosotros. Pues en primer lugar, ¿crees que han visto de sí mismos, o unos de los
otros, otra cosa que las sombras proyectadas por el fuego en la parte de la caverna que tienen
frente a sí?
-Claro que no, si toda su vida están forzados a no mover las cabezas.

-¿Y no sucede lo mismo con los objetos que llevan los que pasan del otro del tabique?
-Indudablemente.

-Pues entonces, si dialogaran entre sí, ¿no te parece que entenderían estar nombrando a los objetos
que pasan y que ellos ven?
-Necesariamente.

-Y si la prisión contara con un eco desde la pared que tienen frente a sí, y alguno de los que
pasan del otro lado del tabique hablara, ¿ no piensas que
creerían que lo que oyen proviene de la sombra que pasa delante de ellos?

- ¡Por Zeus que sí !

- ¿ Y que los prisioneros no tendrían por real otra cosa que las sombras de los objetos
artificiales transportados?
- es de toda necesidad.

- Examina ahora el caso de una liberación de sus cadenas y de una curación de su ignorancia, qué
pasaría si naturalmente les ocurriese esto: que uno de ellos fuera liberado y forzado a
levantarse de repente, volver el cuello y marchar mirando a la luz y , al hacer todo esto,
sufriera y a causa del encandilamiento fuera incapaz de percibir aquellas cosas cuyas sombras había
visto antes. ¿ Qué piensas que respondería si se le dijese que lo que había visto antes eran
fruslerías y que ahora en cambio, está más próximo a lo real, vuelto hacia cosas más reales y que
mira correctamente? Y si se le mostrara cada uno de los objetos que pasan del otro lado del tabique
y se le obligara a contestar preguntas sobre lo que son, ¿ no piensas que se sentiría
en dificultades y que considerará que las cosas que antes veía eran más verdaderas que
las que se le muestran ahora?
- Mucho más verdaderas.

- Y si se le forzara a mirar hacia la luz misma, ¿ no le dolerían los ojos y trataría de eludirla,
volviéndose hacia aquellas cosas que podía percibir, por considerar que éstas son realmente más
claras que las que se le muestran?
- Así es.

- Y si a la fuerza se lo arrastrara por por una escarpada y empinada cuesta, sin soltarlo antes de
llegar hasta la luz del sol, ¿ no sufriría acaso y se irritaría por ser arrastrado y, tras llegar a
la luz, tendría los ojos llenos de fulgores que le impedirían ver uno solo de los objetos
que ahora decimos que son los verdaderos ?
- Por cierto, al menos inmediatamente.

- Necesitaría acostumbrarse, para poder llegar a mirar las cosas de arriba. En primer lugar miraría
con mayor facilidad las sombras, y después las figuras de los hombres y de los otros objetos
reflejados en el agua, luego los hombres y los objetos mismos. A continuación contemplaría de
noche lo que hay en el cielo y el cielo mismo, mirando la luz de los astros y la luna más
facilmente que, durante el día, el sol y la luz del sol.
-Sin duda.

- Finalmente, pienso, podría percibir el sol, no ya en imágenes en el agua o en otros lugares que
le son extraños, sino contemplarlo cómo es en sí y por sí, en su propio ámbito.
-Necesariamente.

-Después de lo cual concluiría, con respecto al sol, que es lo que produce las estaciones y los
años y que gobierna todo en el ámbito visible y que de algún modo es causa de las cosas que ellos
habían visto.
- Es evidente que, después de todo esto, arribaría a tales conclusiones.

- Y si se acordara de su primera morada, del tipo de sabiduría existente allí y de sus entonces
compañeros de cautiverio, ¿no piensas que se sentiría feliz del cambio y que los compadecería?
- Por cierto.

-Respecto de los honores y elogios que se tributaban unos a otros, y de las recompensas para aquel
que con mayor agudeza divisara las sombras de los objetos que pasaban detrás del tabique, y para el
que mejor se acordase de cuáles habían desfilado habitualmente antes y cuáles después, y para aquel
de ellos que fuese capaz de adivinar lo que iba a pasar, ¿te parece que estaría deseoso de todo eso
y que envidiaría a los más estaría deseoso de todo eso y que envidiaría a los más honrados y
poderosos entre aquéllos? ¿ O más bien no le pasaría como al Aquiles de Homero, y "preferiría ser
un labrador que fuera siervo de un hombre pobre" o soportar cualquier otra cosa, antes que volver
a su anterior modo de opinar y a aquella vida ?
- Así creo también yo, que padecería cualquier cosa antes que soportar aquella vida.
- Piensa ahora esto: si descendiera nuevamente y ocupara su propio asiento, ¿

no tendría ofuscados los ojos por las tinieblas, al llegar repentinamente del sol?

- Sin duda.

- Y si tuviera que discriminar de nuevo aquellas sombras, en ardua competencia
con aquellos que han conservado en todo momento las cadenas, y viera confusamente hasta que sus
ojos se reacomodaran a ese estado y se acostumbraran en un tiempo nada breve, ¿ no se expondría al
ridículo y a que se dijera de él que, por haber subido hasto lo alto, se había estropeado los ojos,
y que ni siquiera valdría la pena intenar marchar hacia arriba? Y si

intentase desatarlos y conducirlos hacia la luz, ¿ no lo matarían, si pudieran tenerlo en sus manos
y matarlo?
- Seguramente.

- Pues bien, querido Glaucón, debemos aplicar íntegra esta elegoría a lo que anteriormente ha sido
dicho, comparando la región que se manifiesta por medio de la vista con la morada-prisión, y la luz
del fuego que ha en ella con el poder del sol; compara, por otro lado, el ascenso y contemplación
de las cosas de arriba con el camino del alma hacia el ámbito inteligible, y no te equivocarás en
cuanto a lo que estoy esperando, y que es lo que deseas oír. Dios sabe si esto es realmente cierto;
en todo caso, lo que a mi me parece es que lo que dentro de lo cognoscible se ve al final, y con
dificultad, es la Idea del Bien. Una vez percibida, ha de concluirse que es la causa de todas las
cosas rectas y bellas, que en el ámbito visible ha engendrado la luz y al señor de ésta, y que en
el ámbito inteligible es señora y productora de la verdad y de la inteligencia, y que es necesario
tenerla en vista para poder obrar con sabiduría tanto en lo privado como en lo público.
- Comparto tu pensamiento, en la medida que me es posible.

- Mira también si lo compartes en esto: no hay que asombrarse de que quienes han llegado allí no
estén dispuestos a ocuparse de los asuntos humanos, sino que sus almas aspiran a pasar el tiempo
arriba; lo cual es natural, si la alegoría descrita es correcta también en esto.
- Muy natural.

- Tampoco sería estraño que , de contemplar las cosas divinas, pasara a las humanas, se comportase
desmañadamente y quedara en ridículo por ver de modo confuso y, no acostumbrado aún en forma
suficiente a las tinieblas circundantes, se viera forzado, en los tribunales o en cualquier otra
parte, a disputar sobre sombras de justicia o sobre las figurillas de las cuales hay
sombras, y a reñir sobre esto del modo en que esto es discutido por quienes jamás han visto la
justicia en sí.
-De ninguna manera sería extraño.

- Pero si alguien tiene sentido común , recuerda que los ojos pueden ver confusamente por dos tipos
de perturbaciones: uno al trasladarse de la luz a la tiniebla, y otro de la tiniebla a la luz; y
al considerar que esto es lo que le sucede al alma, en lugar de reírse irracionalmente cuando la
ve perturbada e
incapacitada de mirar algo, habrá de examinar cuál de los dos casos es: si es

que al salir de una vida luminosa ve confusamente por falta de hábito, o si, viniendo de una mayor
ignorancia hacia lo más luminoso, es obnubilada por el respalndor.Así, en un caso se felicitará de
lo que le sucede y de la vida a que accede; mientras en el otro se apiadará, y si se quiere reír de
ella, su risa será
menos absurda que si se descarga sobre el alma que desciende de la luz.

sábado 18 de junio de 2011

viernes 22 de abril de 2011

Edgar Allan Poe


El Corazón Delator



Edgar Allan Poe

¡Es verdad! nervioso, muy, muy terriblemente nervioso yo había sido y soy; ¿pero por qué dirán ustedes que soy loco? La enfermedad había aguzado mis sentidos, no destruido, no entorpecido. Sobre todo estaba la penetrante capacidad de oír. Yo oí todas las cosas en el cielo y en la tierra. Yo oí muchas cosas en el infierno. ¿Cómo entonces soy yo loco? ¡Escuchen! y observen cuan razonablemente, cuan serenamente, puedo contarles toda la historia.

Es imposible decir cómo primero la idea entró en mi cerebro, pero, una vez concebida, me acosó día y noche. Objeto no había ninguno. Pasión no había ninguna. Yo amé al viejo. El nunca me había hecho mal. Él no me había insultado. De su oro no tuve ningún deseo. ¡Creo que fue su ojo! Sí, ¡fue eso! Uno de sus ojos parecía como el de un buitre — un ojo azul pálido con una nube encima. Cada vez que caía sobre mí, la sangre se me helaba, y entonces de a poco, muy gradualmente, me decidí a tomar la vida del viejo, y así librarme del ojo para siempre.

Ahora éste es el punto. Ustedes me imaginan loco. Los locos no saben nada. Pero ustedes deberían haberme visto. Ustedes deberían haber visto cuan sabiamente yo procedí —¡con qué cuidado! — ¡con qué previsión, con qué disimulo, yo me puse a trabajar! Nunca fui más amable con el viejo que durante toda la semana antes de matarlo. Y cada noche cerca de la medianoche yo giraba el picaporte de su puerta y lo abría, ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando había hecho una apertura suficiente para mi cabeza, ponía una oscura linterna sorda todo cerrada, cerrada para que ninguna luz saliera, y entonces metía mi cabeza. ¡Oh, ustedes habrían reído al ver cuan hábilmente la metía! La movía lentamente, muy, muy lentamente, para no perturbar el sueño del viejo. Me tomó una hora poner mi cabeza entera dentro de la apertura hasta poder ver como él yacía sobre su cama. ¡Ja! ¿Habría sido un loco tan inteligente como para hacer esto? Y entonces cuando mi cabeza estaba bien dentro del cuarto abrí la linterna cuidadosamente — OH, tan cuidadosamente — cuidadosamente (ya que los goznes crujían), la abrí apenas tanto como para que un único rayo delgado cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches, cada noche sólo a la medianoche, pero encontraba el ojo siempre cerrado, y así era imposible hacer el trabajo, porque no era el viejo quien me vejaba sino su Ojo Perverso. Y todas las mañanas, cuando el día irrumpía, iba con audacia a su cuarto y le hablaba valientemente, llamándolo por su nombre en un tono cordial, y averiguando cómo había pasado la noche. Entonces pueden ver que tendría que haber sido un viejo muy profundo, en verdad, para sospechar que cada noche, cerca de las doce, yo lo observaba mientras dormía.

Hacia la octava noche fui más precavido que lo común en abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez que mi propia mano. Nunca antes de esa noche había yo sentido el alcance de mis propias facultades, de mi sagacidad. Apenas podía contener mis sentimientos de triunfo. Pensar que allí estaba yo, abriendo la puerta poco a poco, y él ni siquiera soñaba con mis actos o pensamientos secretos. Yo casi reí con la idea, y quizás él me oyó, ya que de repente se movió en la cama como alarmado. Ahora ustedes pueden pensar que di marcha atrás — pero no. Su cuarto era tan como negro como la brea con la pesada oscuridad (las persianas estaban bien cerradas por el miedo a los ladrones), y por eso sabía que él no podía ver que la puerta se abría, y seguí empujándola constantemente, constantemente.

Entré mi cabeza, y estaba por abrir la linterna, cuando mi pulgar se resbaló sobre la lata que la cerraba, y el viejo saltó en la cama, gritando, "¿Quién anda ahí?"

Me quedé muy quieto y no dije nada. Durante una hora entera no moví ni un músculo, y mientras tanto no lo oí acostarse. Todavía estaba sentado en la cama, escuchando; al igual que yo lo he hecho noche tras noche escuchando los relojes de la muerte en la pared.

En un momento, oí un suave gemido, y supe que era el gemido del terror mortal. No era un gemido de dolor o de pena — ¡oh, no! Era el sonido sofocado que se levanta desde el fondo del alma cuando ésta se sobrecarga de temor. Yo conocía bien el sonido. Hace algunas noches, justo a medianoche, cuando todo el mundo dormía, ha brotado de mi propio pecho, profundizando, con su tremendo eco, los terrores que me enloquecían. Digo que lo conocía bien. Yo sabía lo que el viejo sentía, y lo compadecí aunque en mi corazón riera. Sabía que él había estado despierto desde el primer ruido débil cuando se había vuelto en la cama. Sus temores habían estado creciendo en él desde entonces. Había tratado de imaginarlos sin causa, pero no podía. Se había estado diciendo a sí mismo, "No es nada, es el viento en la chimenea, es sólo un ratón corriendo en el piso," o, "es un grillo que ha cantado sólo una vez." Sí, se había tratado de confortar sí mismo con estas suposiciones; pero fue todo en vano. Todo en vano, porque la Muerte aproximándose a él, lo había acechado con su sombra negra y había envuelto a la víctima. Y era la influencia fúnebre de la sombra no percibida lo que le hizo sentir, aunque no veía ni oía, sentir la presencia de mi cabeza dentro del cuarto.

Cuando hube esperado un largo tiempo muy pacientemente sin oír que se recostara, resolví abrir un poco — una muy, muy pequeña rendija en la linterna. Así la abría — ustedes no pueden imaginar qué tan sigilosamente, sigilosamente - - hasta que al fin un único rayo tenue como el hilo de una araña se disparó desde la rendija y cayó sobre el ojo de buitre.

Estaba abierto, bien, bien abierto, y me puse furioso al observarlo. Lo vi con perfecta precisión — todo un azul sombrío con un horrendo velo encima que heló la misma médula de mis huesos, pero no pude ver nada más de la persona o cara del viejo, ya que había dirigido el rayo como por instinto precisamente sobre el punto maldito.

¿Y ahora, no les he dicho que lo que ustedes confunden con locura no es sino la hiperestesia de los sentidos? ahora, digo, vino a mis oídos un sonido apagado, sordo, penetrante, así como el de un reloj envuelto en algodón. Reconocí ese sonido también. Era el golpeteo del corazón del viejo. Aumentó mi furia como el golpeteo de un tambor estimula al soldado en el coraje.

Pero aún así me contuve y me quedé quieto. Apenas respiraba. Sostuve la linterna inmóvil. Traté de mantener lo más firmemente que pude el rayo sobre el ojo. Mientras tanto el compás infernal del corazón aumentó. Creció más rápido y más rápido, y más fuerte y más fuerte, cada instante. ¡El terror del viejo debe haber sido extremo! Se hizo más fuerte, digo, más fuerte cada momento! — ¿me entienden bien? Les he contado que soy nervioso: y sí lo soy. Y entonces a la hora muerta de la noche, en el silencio terrible de esa casa vieja, un ruido tan extraño como ése me excitó a un terror incontrolable. Pero aún así, por algunos minutos más me contuve y me quedé quieto. Pero el golpeteo se hizo más fuerte, ¡más fuerte! Pensé que el corazón iba a estallar. Y ahora una inquietud nueva se apoderó de mí — ¡el sonido sería oído por un vecino! ¡La hora del viejo había llegado! Con un gran alarido, abrí la linterna y salté dentro del cuarto. Él gritó una vez — solamente una vez. En un instante lo arrastré al piso, y tiré la pesada cama sobre él. Entonces sonreí alegremente, al ver el acto tan bien hecho. Pero por muchos minutos el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Esto, sin embargo, no me molestó; no podría oírse a través de la pared. En algún momento cesó. El viejo estaba muerto. Saqué la cama y examiné el cadáver. Sí, él estaba muerto, bien muerto como una piedra. Puse mi mano sobre el corazón y la mantuve allí varios minutos. No había pulsación. Bien muerto como una piedra. Su ojo ya no me molestaría más.

Si todavía me creen loco, ya no lo pensarán cuando describa las precauciones sabias que tomé para el ocultamiento del cuerpo. La noche pasaba, y trabajé rápidamente, pero en silencio. Lo primero que hice fue desmembrar el cadáver. Corté la cabeza. Después, los brazos. Después, las piernas.

Levanté tres de las tablas del piso del cuarto, y deposité todo entre las maderas. Luego reemplacé las placas tan hábilmente tan hábilmente, que ninguno ojo humano — ni siquiera el suyo — podría haber detectado algo fuera de lugar. No había nada para lavar — ninguna mancha de ningún tipo — ni un rastro de sangre -. Había sido demasiado cuidadoso para que eso ocurriera.

Cuando había llegado al fin de estas labores, eran las cuatro en punto —aún oscuro como a medianoche. Cuando la campanada señaló la hora, hubo un golpe en la puerta de calle. Bajé para abrir con el corazón alegre, —porque ¿qué había de temer yo ahora? Entraron tres hombres, quienes se presentaron, con perfecta suavidad, como oficiales de policía. Un grito había sido oído por un vecino durante la noche; la sospecha de algún crimen se había despertado, la información había llegado a la oficina de la policía, y ellos (los oficiales) habían sido enviados para investigar las propiedades.

Sonreí, — ¿porque qué había yo de temer? Les di la bienvenida a los caballeros. El grito, dije, fue mío en un sueño. El viejo, mencioné, había partido al campo. Llevé a mis visitantes por toda la casa. Los invité a que buscaran —que buscaran bien. Los conduje, en un momento, a su habitación. Les mostré sus tesoros, seguros, inalterados. Con el entusiasmo de mi confianza, traje sillas al cuarto, y les rogué que descansaran aquí de sus fatigas, mientras yo mismo, con la osadía salvaje de mi triunfo perfecto, coloqué mi propio asiento en el mismo lugar sobre el que descansaba el cadáver de la víctima.

Los oficiales estaban satisfechos. Mi comportamiento los había convencido. Yo estaba particularmente tranquilo. Ellos se sentaron y mientras yo contestaba animadamente, charlaron de cosas familiares. Pero, mientras tanto, sentí que me iba poniendo pálido y deseé que se fueran. La cabeza me dolía, y me imaginé un zumbido en mis oídos; pero ellos aún estaban sentados, y aún charlaban. El zumbido se hacía más claro: hablé desenfrenadamente para conseguir librarme de lo que sentía: pero continuó y ganó carácter definitivo — hasta que, en un momento, descubrí que el ruido NO estaba dentro de mis oídos.

Sin duda que ahora me puse muy pálido; pero hablé más fluidamente, y en voz más alta. Sin embargo el sonido aumentó — ¿y qué podía hacer? Era un sonido apagado, sordo, penetrante — muy parecido al que hace un reloj envuelto en algodón... Me costaba respirar, y sin embargo los oficiales no lo oían. Hablé más rápido, más vehementemente pero el ruido constantemente aumentaba. Me levanté y argumenté sobre tonterías, en un tono alto y con gesticulaciones violentas; pero el ruido constantemente aumentaba. ¿Por qué no se iban ellos? Recorrí el piso de aquí para allá con pasos pesados, como si me excitaran a la furia las observaciones de los hombres, pero el ruido constantemente aumentaba. ¡Oh Dios! ¿Qué podía yo hacer? ¡Lancé espuma — enloquecí — maldije! Movía la silla en la que había estado sentado, y la hacía rechinar sobre las tablas, pero el ruido se levantaba sobre todo y continuamente aumentaba. Se hizo más fuerte — más fuerte — ¡más fuerte! Y todavía los hombres charlaban gratamente, y sonreían. ¿Era posible que no lo oyeran? ¡Dios Todopoderoso! — ¿nada, nada? ¡Ellos oían! — ¡ellos sospechaban! — ¡ellos SABÍAN! — ¡ellos se estaban burlando de mi horror! — esto pensé, y esto pienso. ¡Pero cualquier cosa era mejor que esta agonía! ¡Cualquier cosa era más tolerable que este desprecio! ¡Ya no podía soportar más esas sonrisas hipócritas! ¡Sentí que debía gritar o morir! — y ahora —otra vez —¡escuchen! ¡Más fuerte! ¡Más fuerte! ¡Más fuerte! ¡MÁS FUERTE! —

"¡Villanos!" grité, "¡no disimulen más! ¡Admito el acto! — ¡arranquen las tablas! — ¡aquí, aquí! — ¡es el latir de su horrible corazón!"

Edgar Allan Poe



El Cuervo

Edgar Allan Poe


Cierta noche aciaga, cuando, con la mente cansada,

meditaba sobre varios libracos de sabiduría ancestral

y asentía, adormecido, de pronto se oyó un rasguido,

como si alguien muy suavemente llamara a mi portal.

“Es un visitante –me dije–, que está llamando al portal;

sólo eso y nada más.”

¡Ah, recuerdo tan claramente aquel desolado Diciembre!

Cada chispa resplandeciente dejaba un rastro espectral.

Yo esperaba ansioso el alba, pues no había hallado calma

en mis libros, ni consuelo a la perdida abismal

de aquella a quien los ángeles Leonor podrán llamar

y aquí nadie nombrará.


Cada crujido de las cortinas purpúreas y cetrinas

me embargaba de dañinas dudas y mi sobresalto era tal

que, para calmar mi angustia repetí con voz mustia:

“No es sino un visitante que ha llegado a mi portal;

un tardío visitante esperando en mi portal.

Sólo eso y nada más”.

Mas de pronto me animé y sin vacilación hablé:

“Caballero –dije–, o señora, me tendréis que disculpar

pues estaba adormecido cuando oí vuestro rasguido

y tan suave había sido vuestro golpe en mi portal

que dudé de haberlo oído...”, y abrí de golpe el portal:

sólo sombras, nada más.

La noche miré de lleno, de temor y dudas pleno,

y soñé sueños que nadie osó soñar jamás;

pero en este silencio atroz, superior a toda voz,

sólo se oyó la palabra “Leonor”, que yo me atreví a susurrar...

sí, susurré la palabra “Leonor” y un eco la volvió a nombrar.

Sólo eso y nada más.

Aunque mi alma ardía por dentro regresé a mis aposentos

pero pronto aquel rasguido se escuchó más pertinaz.

“Esta vez quien sea que llama ha llamado a mi ventana;

veré pues de qué se trata, que misterio habrá detrás.

Si mi corazón se aplaca lo podré desentrañar.

¡Es el viento y nada más!”.

Mas cuando abrí la persiana se coló por la ventana,

agitando el plumaje, un cuervo muy solemne y ancestral.

Sin cumplido o miramiento, sin detenerse un momento,

con aire envarado y grave fue a posarse en mi portal,

en un pálido busto de Palas que hay encima del umbral;

fue, se posó y nada más.

Esta negra y torva ave tocó, con su aire grave,

en sonriente extrañeza mi gris solemnidad.

“Ese penacho rapado –le dije–, no te impide ser

osado, viejo cuervo desterrado de la negrura abisal;

¿cuál es tu tétrico nombre en el abismo infernal?”

Dijo el cuervo: “Nunca más”.

Que una ave zarrapastrosa tuviera esa voz virtuosa

me sorprendió aunque el sentido fuera tan poco cabal,

pues acordaréis conmigo que pocos habrán tenido

ocasión de ver posado tal pájaro en su portal.

Ni ave ni bestia alguna en la estatua del portal

que se llamara “Nunca más”.


Mas el cuervo, altivo, adusto, no pronunció desde el busto,

como si en ello le fuera el alma, ni una sílaba más.

No movió una sola pluma ni dijo palabra alguna

hasta que al fin musité: “Vi a otros amigos volar;

por la mañana él también, cual mis anhelos, volará”.

Dijo entonces :”Nunca más”.

Esta certera respuesta dejó mi alma traspuesta;

“Sin duda –dije–, repite lo que ha podido acopiar

del repertorio olvidado de algún amo desgraciado

que en su caída redujo sus canciones a un refrán:

“Nunca, nunca más”.

Como el cuervo aún convertía en sonrisa mi porfía

planté una silla mullida frente al ave y el portal;

y hundido en el terciopelo me afané con recelo

en descubrir que quería la funesta ave ancestral

al repetir: “Nunca más”.

Esto, sentado, pensaba, aunque sin decir palabra

al ave que ahora quemaba mi pecho con su mirar;

eso y más cosas pensaba, con la cabeza apoyada

sobre el cojín purpúreo que el candil hacía brillar.

¡Sobre aquel cojín purpúreo que ella gustaba de usar,

y ya no usará nunca más!.

Luego el aire se hizo denso, como si ardiera un incienso

mecido por serafines de leve andar musical.

“¡Miserable! –me dije–. ¡Tu Dios estos ángeles dirige

hacia ti con el filtro que a Leonor te hará olvidar!

¡Bebe, bebe el dulce filtro, y a Leonor olvidarás!”.

Dijo el cuervo: “Nunca más”.

“¡Profeta! –grité–, ser malvado, profeta eres, diablo alado!

¿Del Tentador enviado o acaso una tempestad

trajo tu torvo plumaje hasta este yermo paraje,

a esta morada espectral? ¡Mas te imploro, dime ya,

dime, te imploro, si existe algún bálsamo en Galaad!”

Dijo el cuervo: “Nunca más”.


“¡Profeta! –grité–, ser malvado, profeta eres, diablo alado!

Por el Dios que veneramos, por el manto celestial,

dile a este desventurado si en el Edén lejano

a Leonor , ahora entre ángeles, un día podré abrazar”.

Dijo el cuervo: “¡Nunca más!”.


“¡Diablo alado, no hables más!”, dije, dando un paso atrás;

¡Que la tromba te devuelva a la negrura abisal!

¡Ni rastro de tu plumaje en recuerdo de tu ultraje

quiero en mi portal! ¡Deja en paz mi soledad!

¡Quita el pico de mi pecho y tu sombra del portal!”

Dijo el cuervo: “Nunca más”.

Y el impávido cuervo osado aun sigue, sigue posado,

en el pálido busto de Palas que hay encima del portal;

y su mirada aguileña es la de un demonio que sueña,

cuya sombra el candil en el suelo proyecta fantasmal;

y mi alma, de esa sombra que allí flota fantasmal,

no se alzará...¡nunca más!.

WILLIAM BLAKE





Leve mosca,

tu juego estival

mi incauta mano

barrió.

¿Mas acaso no soy

una mosca como tú?

¿O no eres tú

un hombre como yo?

Pues yo danzo

y bebo y canto

hasta que una ciega mano

barra mi flanco.

WILLIAM BLAKE

Songs of Experience

"The Fly," Stanzas 1

lunes 11 de abril de 2011

José de Espronceda







Cancion del Pirata



José de Espronceda


Con diez cañones por banda,
viento en popa, a toda vela,
no corta el mar, sino vuela
un velero bergantín.
Bajel pirata que llaman,
por su bravura, El Temido,
en todo mar conocido
del uno al otro confín.

La luna en el mar riela
en la lona gime el viento,
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul;
y va el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
y allá a su frente Istambul:

Navega, velero mío
sin temor,
que ni enemigo navío
ni tormenta, ni bonanza
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor.

Veinte presas
hemos hecho
a despecho
del inglés
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

Allá; muevan feroz guerra
ciegos reyes
por un palmo más de tierra;
que yo aquí; tengo por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie impuso leyes.

Y no hay playa,
sea cualquiera,
ni bandera
de esplendor,
que no sienta
mi derecho
y dé pechos mi valor.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

A la voz de "¡barco viene!"
es de ver
cómo vira y se previene
a todo trapo a escapar;
que yo soy el rey del mar,
y mi furia es de temer.

En las presas
yo divido
lo cogido
por igual;
sólo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

¡Sentenciado estoy a muerte!
Yo me río
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena,
colgaré de alguna antena,
quizá; en su propio navío
Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di,
cuando el yugo
del esclavo,
como un bravo,
sacudí.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

Son mi música mejor
aquilones,
el estrépito y temblor
de los cables sacudidos,
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.

Y del trueno
al son violento,
y del viento
al rebramar,
yo me duermo
sosegado,
arrullado
por el mar.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.





Tierra Santa y su version del poema de José de Espronceda






sábado 2 de abril de 2011

Émile Zola


Angéline o la casa encantada

Émile Zola

Hace cerca de dos años, iba en bicicleta por un camino desierto del lado de Orgeval, más allá de Poissy, cuando la brusca aparición de una vivienda a orillas del camino me sorprendió de tal forma que salté de la bicicleta para contemplarla mejor. Se trataba, bajo el cielo gris de noviembre y el viento frío que barría las hojas secas, de una casa de ladrillo sin gran personalidad, en medio de un vasto jardín plantado de árboles viejos. Pero lo que la hacía extraordinaria, con una rareza arisca que oprimía el corazón, era el horrible abandono en el que se encontraba. Y como un batiente de la reja estaba arrancado, como un enorme rótulo, desteñido por la lluvia, anunciaba que la propiedad estaba en venta, entré en el jardín, cediendo a una curiosidad mezclada de angustia y malestar.

La casa debía llevar deshabitada treinta o tal vez cuarenta años. Los ladrillos de las cornisas y de los bordes estaban desunidos, invadidos por el musgo y los líquenes. Numerosas grietas cruzaban la fachada, semejantes a arrugas precoces, surcando el edificio aún sólido, pero del que nadie se ocupaba ya en absoluto. Abajo, los peldaños de la escalinata, hendidos por las heladas, invadidos por ortigas y zarzas, se asemejaban al umbral de la desolación y de la muerte. Y, sobre todo, la horrible tristeza que provenía de las ventanas sin cortinas, desnudas y glaucas, de las que los chiquillos habían roto los cristales a pedradas, permitiendo ver todas el lúgubre vacío de las habitaciones, como ojos apagados que han permanecido abiertos en un cuerpo sin alma. Luego, a su alrededor, el amplio jardín era una absoluta devastación, el antiguo parterre apenas visible bajo las crecidas hierbas silvestres, los paseos desaparecidos, comidos por las plantas voraces, los bosquecillos convertidos en selvas vírgenes, una vegetación salvaje de cementerio abandonado en la sombra húmeda de los grandes árboles seculares en los que, aquel día, el viento otoñal, lanzando su triste queja, se llevaba las últimas hojas.

Durante largo rato permanecí allí, en medio de aquel lamento desesperado que brotaba de las cosas, con el corazón turbado por un miedo sordo, por una tristeza que aumentaba, retenido no obstante por una ardiente compasión, una necesidad de saber y de simpatizar con todo lo que sentía de miseria y de dolor a mi alrededor. Y, cuando me decidí a salir, vi al otro lado del camino, en el cruce de dos caminos, una especie de posada, una casucha en la que se ofrecía bebida, entré decidido a hacer hablar a la gente del lugar.

No había allí sino una anciana que me sirvió una caña de cerveza, quejándose. Se lamentaba de estar situada en aquel camino alejado, por el que no pasaban ni dos ciclistas al día. Hablaba sin parar, contaba su historia, decía que se llamaba señora Toussaint, que había venido de Vernon con su hombre para hacerse cargo de aquella posada, que al principio las cosas no habían marchado mal, pero que todo iba de mal en peor desde que se había quedado viuda. Y, después de su raudal de palabras, cuando empecé a interrogarla acerca de la propiedad vecina, se puso circunspecta de repente, mirándome con expresión desconfiada, como si yo quisiera arrancarle temibles secretos.

-¡Ah! sí, la Sauvagière, la casa encantada, como dicen por la comarca... Yo no sé nada, señor. No es de mi época, sólo hará treinta años en Pascua que vivo aquí, y esas cosas se remontan a cuarenta años. Cuando nosotros llegamos aquí, la casa ya se encontraba más o menos en el estado en que la ve... Los veranos pasan, los inviernos pasan y nada se mueve, salvo las piedras que caen.

-Pero, en fin -pregunté yo- ¿por qué no la venden, puesto que está en venta?

-¡Ah! ¿por qué? ¿por qué? ¡Qué sé yo!... se dicen tantas cosas.

Sin duda, terminé por inspirarle confianza. Además, era evidente que estaba deseando repetirme las cosas que se decían. Para empezar, me contó que ninguna de las chicas del pueblo vecino se habría atrevido a entrar en la Sauvagière, después del anochecer, porque corría el rumor de que un alma en pena se aparecía allí por la noche. Y, como yo me extrañara de que, estando tan cerca de París, una historia semejante pudiera aún encontrar algún crédito, se encogió de hombros, quiso en un primer momento hacerse la fuerte, pero terminó por manifestar su terror inconfeso.

-Hay sin embargo hechos, señor. ¿Por qué no la venden? Yo he visto venir compradores y todos se marcharon más rápido que llegaron; a ninguno de ellos lo hemos visto reaparecer por aquí. ¡Y bien!, lo que es cierto es que, desde el momento en que algún visitante se atreve a entrar en la casa, pasan cosas extraordinarias: las puertas se mueven, se cierran solas con gran estrépito, como si soplara un viento terrible; del sótano suben gritos, gemidos, sollozos; y si se obcecan, una voz desgarradora lanza un grito prolongado: «¡Angéline! ¡Angéline! ¡Angéline!» con una llamada tan dolorosa, que a uno se le quedan helados los huesos... Le repito que esto está probado, nadie le dirá lo contrario.

Reconozco que empezaba a apasionarme por el tema, aunque fuera presa de un pequeño escalofrío bajo la piel.

-Y esa Angéline, ¿quién es, pues?

-¡Ah!, señor, sería necesario contárselo todo, y una vez más, yo no sé nada.

Sin embargo, terminó por decírmelo todo. Hacía cuarenta años, hacia 1858, en el momento en el que el Segundo Imperio triunfante era una fiesta permanente, M. de G..., que ocupaba un puesto en las Tullerías, perdió a su esposa, de la que tenía una niña, de unos diez años, Angéline, un milagro de belleza, vivo retrato de su madre. Dos años más tarde, M. de G... se había vuelto a casar con otra belleza célebre, viuda de un general. Y aseguraban que, desde esa segunda boda, unos atroces celos habían surgido entre Angéline y su madrastra, la una herida en el corazón al ver a su madre ya olvidada, reemplazada tan pronto en el hogar por aquella extraña; la otra, obsesionada, enloquecida por tener siempre ante ella aquel vivo retrato de la mujer que temía no poder hacer olvidar. La Sauvagière pertenecía a la nueva señora de G..., y allí, una noche, viendo que el padre besaba apasionadamente a la hija, en su demencia celosa, habría golpeado a la niña de tal manera, que la pobre pequeña habría caído muerta, con la nuca fracturada. Luego, lo demás era horroroso: el padre fuera de sí aceptaba enterrar él mismo a su hija en el sótano de la casa para salvar a la asesina; el cuerpecito permanecía allí enterrado mientras afirmaban que la chiquilla se encontraba en casa de una tía; los aullidos de un perro, que se empeñaba en arañar el suelo, hizo que finalmente se descubriera el crimen, del que las Tullerías se apresuraron a ahogar el escándalo. En la actualidad, el señor y la señora de G... estaban muertos, pero Angéline volvía aún cada noche, al oír una voz lastimera que la llamaba, desde el más allá misterioso de las tinieblas.

-Nadie me desmentirá -concluyó la señora Toussaint-. Todo esto es tan cierto como que dos y dos son cuatro.

Yo la había escuchado, despavorido, sorprendido por las inverosimilitudes, pero, conquistado, no obstante por la rareza violenta y sombría del drama. Aquel señor de G..., yo había oído hablar de él y creía saber efectivamente que se había vuelto a casar y que un dolor familiar había ensombrecido su vida. ¿Era, pues, cierto? ¡Qué historia trágica y enternecedora, todas las pasiones humanas removidas, exasperadas hasta la demencia, el crimen pasional más terrorífico que pudiera verse, una chiquilla bella como el día, adorada, asesinada por su madrastra y enterrada por su padre en un rincón del sótano! Era demasiado hermoso de emoción y de horror. Yo iba a seguir preguntando, discutiendo, luego me dije «¿Para qué?». ¿Por qué no llevarme, en su flor de imaginación popular, aquel cuento horroroso?

Cuando volvía a montar en bicicleta, eché una última ojeada a la Sauvagière. La noche descendía, la casa miserable me miraba desde sus ventanas vacías y oscuras, semejantes a ojos de muerta, mientras que el viento otoñal gemía entre los viejos árboles.

II

¿Por qué se clavó esta historia en mi cráneo, hasta convertirse en una obsesión, en un verdadero tormento? Ése es uno de los problemas intelectuales difíciles de resolver. De nada servía decirme a mí mismo que leyendas semejantes corren por la campiña, que ésta, en suma, no presentaba ningún interés directo para mí. A pesar de todo, la niña muerta me obsesionaba, aquella Angéline deliciosa y trágica, que una voz lastimera llamaba cada noche desde hacía cuarenta años, a través de las habitaciones vacías de la casa abandonada. Y durante los dos primeros meses del invierno, hice averiguaciones. Evidentemente, por poco que una desaparición semejante, una aventura hasta ese punto trágica, hubiera salido al exterior, los periódicos del momento debían haber hablado de ella. Examiné las colecciones de la Biblioteca Nacional, sin descubrir nada, ni una línea que se pareciera a semejante historia. Luego, interrogué a los coetáneos, a personas de las Tullerías: ninguna pudo contestarme con exactitud, sólo obtuve informaciones contradictorias, hasta el punto de que había abandonado toda esperanza de llegar a la verdad, sin dejar de sentirme presa del tormento del misterio, cuando una casualidad me puso una mañana sobre una nueva pista.

Iba, cada dos o tres semanas, a hacerle una visita de buena confraternidad, de ternura y de admiración, al viejo poeta V... que falleció el pasado abril, cerca de los setenta años. Desde hacía ya muchos años, una parálisis en las piernas lo tenía clavado en un sillón en su pequeño gabinete de trabajo de la calle de Assas, cuya ventana daba al jardín del Luxemburgo. Acababa allí dulcemente una vida de ensueño, sin haber vivido más que de imaginación, habiéndose construido el ideal palacio en el que, lejos de lo real, había amado y sufrido. ¿Quién de nosotros no recuerda su fino rostro amable, sus cabellos blancos de bucles infantiles, sus pálidos ojos azules que habían conservado la inocencia de la juventud? No podría decirse que mintiera siempre, pero lo cierto es que inventaba sin cesar, de tal manera que no se sabía nunca con exactitud dónde acababa para él la realidad y dónde empezaba el sueño. Era un anciano encantador, desde hacía mucho tiempo fuera de la vida, cuya conversación me conmovía frecuentemente como una revelación discreta y vaga de lo desconocido.

Aquel día, charlaba pues con él cerca de la ventana, en la estrecha habitación, que calentaba siempre un fuego intenso. Fuera, la helada era terrible, y el jardín del Luxemburgo se extendía blanco de nieve presentando a la vista un vasto horizonte de candor inmaculado. Y no sé cómo llegué a hablarle de la Sauvagière, de aquella historia que me preocupaba aún: el padre casado de nuevo, la madrastra celosa de la niña vivo retrato de su madre, luego su sepultura al fondo del sótano. Me había escuchado con la tranquila sonrisa que conservaba incluso en la tristeza. Se había hecho silencio, su pálida mirada azul se perdía a lo lejos, en la inmensidad blanca del Luxemburgo, mientras que una sombra de sueño, emanaba de él y parecía envolverlo con un ligero escalofrío.

-Conocí mucho al señor de G... -dijo lentamente-. Conocí a su primera esposa, de una belleza sobrehumana; conocí a la segunda, no menos prodigiosamente bella; e incluso las amé apasionadamente a las dos, sin decirlo jamás. Conocía también a Angéline, que era aún más bella, y que todos los hombres habrían adorado de rodillas... Pero las cosas no ocurrieron exactamente como usted dice.

Fue para mí una gran emoción. ¿Era la verdad inesperada de la que ya desesperaba? ¿Iba a saberlo todo? En un primer momento no desconfié y le dije:

-¡Ah! amigo mío, ¡qué favor me hace! Por fin mi pobre cabeza va a poder calmarse. Hable rápido, cuéntemelo todo.

Pero él no me escuchaba, su mirada permanecía perdida en la lejanía. Luego habló con voz de ensueño, como si hubiera ido creando los seres y las cosas a medida que los evocaba.

-Angéline era, a los doce años, un alma en la que todo el amor de la mujer había florecido ya, con sus arrebatos de alegría y de dolor. Fue ella quien cayó perdidamente celosa de la nueva esposa, que veía cada día del brazo de su padre. Sufría como si se tratara de una horrible traición, pero no era sólo a su madre a la que la nueva pareja insultaba, era a ella misma a la que torturaba y le desgarraba el corazón. Cada noche, oía a su madre que la llamaba desde la tumba; y una noche en que sufría demasiado y moría de exceso de amor, para unirse con ella, la chiquilla de doce años se clavó un cuchillo en el corazón.

Yo lancé un grito: «¡Dios santo! ¿es posible?»

-¡Qué espanto y qué horror -prosiguió sin oírme- cuando al día siguiente, el señor y la señora G... encontraron a Angéline en su pequeña cama con aquel cuchillo clavado hasta el mango, en pleno pecho! Estaban en la víspera de marcharse a Italia, y no había allí más que la anciana doncella que había criado a la niña. Ante el terror de que pudieran acusarles de un crimen, ayudados por la doncella, enterraron efectivamente el pequeño cuerpo, pero en un rincón del invernadero que hay detrás de la casa, al pie de un naranjo gigante. Y allí lo encontraron el día en que, muertos ya los padres, la anciana criada contó la historia.

Me habían surgido dudas, lo miraba, presa de inquietud, preguntándome si no se lo estaba inventando.

-Pero -le pregunté- ¿cree pues también que Angéline pueda volver cada noche al escuchar el grito desgarrador de la voz misteriosa que la llama?

Esta vez me miró y volvió a sonreír con aire indulgente.

-¿Volver? ¡oh, amigo mío! todo el mundo vuelve. ¿Por qué no quiere que el alma de la querida pequeña muerta habite aún en los lugares en los que amó y sufrió? Si se oye una voz que la llama, es que la vida no ha vuelto a comenzar aún para ella, pero recomenzará, esté seguro de ello, puesto que todo recomienza, nada se pierde, ni al amor ni la belleza... ¡Angéline! ¡Angéline! ¡Angéline! y ella renacerá en el sol y en las flores.

Definitivamente, ni la convicción ni la calma se establecían en mí. Mi viejo amigo V..., el poeta niño, no me había aportado sino más confusión. Sin duda se lo estaba inventando. No obstante, como todos los videntes, tal vez adivinaba.

-¿Es de verdad, todo lo que me está contando? -me atreví a preguntarle riendo.

Él se animó a su vez:

-Por supuesto que es cierto. ¿Es que todo lo infinito no es verdad?

Aquella fue la última vez que lo vi, pues tuve que ausentarme de París, un tiempo después. Aún puedo verlo con su mirada soñadora perdida sobre las sábanas blancas del Luxemburgo, tan tranquilo en la certidumbre de su sueño sin fin, mientras que a mí me devoraba la necesidad de establecer para siempre la verdad huidiza.

III

Trascurrieron dieciocho meses. Yo me había visto obligado a viajar; grandes preocupaciones y grandes alegrías habían apasionado mi vida, en mitad de la tempestad que nos lleva a todos hacia lo desconocido. Pero, siempre, a determinadas horas, oía venir desde lejos y entrar en mí el desolado grito: «¡Angéline! ¡Angéline! ¡Angéline!». Y permanecía temblando, dominado de nuevo por la duda, torturado por el deseo de saber. No podía olvidar, no existía para mí más infierno que la incertidumbre.

No puedo decir cómo, una admirable velada de junio, me volví a encontrar en bicicleta por el camino apartado de la Sauvagière. ¿Había deseado formalmente volver a verla? ¿Era un simple instinto el que me hacía abandonar la carretera y dirigirme hacia aquel lugar? Eran casi las ocho; pero el cielo, en los días más largos del año, irradiaba aún con un ocaso del astro triunfal, sin una sola nube, todo un infinito de oro y azur. Y ¡qué aire ligero y delicioso, qué buen olor de árboles y hierbas, qué tierna alegría en la paz inmensa de los campos!

Como la primera vez, ante la Sauvagière, el estupor me hizo saltar de la máquina. Dudé un instante, no era la misma propiedad. Una bella reja nueva brillaba bajo el sol poniente, se habían levantado de nuevo los muros de la tapia y la casa, que apenas veía entre los árboles, parecía haber retomado una alegría risueña de juventud. ¿Era pues la resurrección anunciada? ¿Angéline había vuelto a la vida gracias a las llamadas de la voz lejana? Había permanecido en la carretera, impresionado, mirando, cuando unos pasos lentos, cerca de mí, me sobresaltaron. Era la señora Toussaint que traía su vaca de un campo de alfalfa próximo.

-¿No tienen miedo pues éstos? -le dije, señalando la casa con un gesto.

Me reconoció y detuvo el animal.

-¡Ah señor! hay gente que marcharía sobre el buen Dios. Hace ya más de un año que la propiedad fue comprada. Pero es un pintor el que lo hizo, el pintor B..., y ya se sabe, los artistas son capaces de todo.

Luego se fue con el animal añadiendo con un cabeceo:

-En fin, ya veremos en qué queda esto.

¡El pintor B..., el delicado e ingenioso artista que había pintado a tantas amables parisinas! Yo lo conocía un poco, intercambiábamos apretones de manos en los teatros, en las salas de exposiciones, en los lugares en los que nos encontrábamos. Y, de repente, un deseo irresistible de entrar, de confesarme a él, de suplicarle que me dijera lo que sabía de cierto sobre esta Sauvagière, cuyo aspecto desconocido me obsesionaba. Y, sin reflexionar, sin reparar en mi polvoriento atuendo de ciclista, que la costumbre empieza a tolerar por otra parte, empujé mi bicicleta hasta el tronco mohoso de un viejo árbol. Al escuchar el sonido claro del timbre cuyo resorte se movía en la reja, un criado acudió al que le entregué mi tarjeta de visita, y que me dejó por un instante en el jardín.

Mi sorpresa aumentó aún más cuando lancé una mirada a mi alrededor. Habían reparado la fachada, ya no se veían las grietas ni los ladrillos separados; la escalinata, adornada con rosas, se había convertido en un umbral de feliz bienvenida; y las animadas ventanas reían ahora, comunicaban la alegría existente en el interior, detrás de la blancura de sus cortinas. Y además, el jardín había sido limpiado de ortigas y zarzas, el parterre volvía a ser visible como un gran ramo oloroso, los viejos árboles parecían rejuvenecidos en su paz secular por la lluvia dorada de un sol primaveral.

Cuando el criado reapareció, me introdujo en un salón comentándome que el señor había ido al pueblo vecino, pero que no tardaría en regresar. Lo habría esperado durante horas; me entretuve examinando la habitación en la que me hallaba, instalada lujosamente con mullidas alfombras, cortinas y guardapuertas de cretona, conjuntadas con el amplio diván y los grandes sillones. Aquellos cortinajes eran tan grandes que me sorprendió entrar en un espacio tan oscuro. Luego la oscuridad se hizo completa. No sé cuanto tiempo tuve que permanecer allí, se habían olvidado de mí, sin traer siquiera una lámpara. Sentado en la oscuridad, me había puesto a revivir toda la historia trágica, abandonándome a la ensoñación. ¿Angéline había sido asesinada? ¿Se había clavado ella misma un cuchillo en mitad del corazón? Y, confieso que, en esta casa encantada, ahora a oscuras, el miedo se adueñó de mí, un miedo que sólo fue un ligero malestar, un pequeño escalofrío a flor de piel, pero que más tarde se exasperó, me heló por completo en una locura de pánico.

Al principio me pareció que unos ruidos vagos erraban por algún lado. Era sin duda en las profundidades del sótano, quejas sordas, sollozos reprimidos, pesados pasos de fantasma. Luego, aquello subió, se acercó y toda la casa oscura me pareció llenarse de angustia horrorosa. Y, de repente, se oyó la terrible llamada: «¡Angéline! ¡Angéline! ¡Angéline!» con tal fuerza creciente, que creí sentir pasar sobre mi cara un soplo frío. Una puerta del salón se abrió violentamente. Angéline entró, cruzó la habitación sin verme. La reconocí en medio de la ráfaga de luz que había entrado con ella desde el vestíbulo iluminado. Era la pequeña muerta de doce años, de una belleza milagrosa, con sus admirables cabellos rubios sobre los hombros, vestida de blanco, blanqueada por la tierra de la que volvía cada noche. Pasó muda, desatinada, desapareció por otra puerta, mientras que, de nuevo, el grito se repetía más lejano: «¡Angéline! ¡Angéline! ¡Angéline!». Y yo permanecí de pie, con la frente cubierta de sudor, en un estado de pavor que erizaba todo el vello de mi cuerpo, bajo aquel viento de terror procedente del misterio.

Casi inmediatamente, creo, en el momento en el que el criado traía por fin una lámpara, tuve consciencia de que el pintor B... estaba allí y me daba la mano, excusándose por haberme hecho esperar tanto rato. No tuve falso amor propio, le conté lo que me había sucedido, aún nervioso. Y ¡con qué sorpresa me escuchó en un primer momento y con qué buenas risas se apresuró a tranquilizarme después!

-Usted ignora sin duda, amigo mío, que yo soy primo de la segunda señora de G... ¡Pobre mujer! ¡acusarla del asesinato de aquella chiquilla que amó y que lloró tanto como el padre! Pues la única cosa cierta es que, efectivamente, la niña murió aquí, pero no por su propia mano ¡Dios Santo!, sino de una fiebre repentina, como un rayo, por lo que los padres le tomaron pavor a esta casa, y no quisieron volver a ella jamás. Eso explica que permaneciera deshabitada mientras ellos vivían. Después de su muerte, hubo interminables procesos que impidieron su venta. Yo la quería, la aceché durante años, y le aseguro que no hemos visto nunca ningún aparecido.

El pequeño escalofrío me volvió, y comenté:

-Pero, yo acabo de ver ahí, hace un instante a Angéline... La terrible voz la llamaba, y ha pasado por ahí, ha cruzado esta habitación.

Él me miraba sorprendido, creyendo que yo estaba perdiendo la razón. Pero de repente, soltó una sonora carcajada de hombre feliz.

-Es mi hija la que acaba de ver. Tuvo por padrino al señor de G... que, por devoción al recuerdo, le puso ese nombre; y si su madre la ha llamado, habrá pasado por aquí. -Él mismo abrió la puerta y llamó de nuevo: «¡Angéline! ¡Angéline! ¡Angéline!».

La niña regresó, pero viva y vibrante de alegría. Era ella, con su vestido blanco, sus admirables cabellos rubios sobre los hombros, y tan bella, tan radiante de esperanza, que era como una primavera que lleva en capullo la promesa del amor, la prolongada felicidad de una existencia. ¡Ah! ¡la querida aparecida, la niña nueva que renacía de la niña muerta! La muerte había sido vencida. Mi viejo amigo, el poeta V..., no mentía, nada se pierde, todo recomienza, la belleza como el amor. La voz de las madres llama a las niñas de hoy, a las enamoradas de mañana y reviven bajo el sol, entre las flores. Era de ese despertar de la niña de lo que la casa se encontraba encantada, la casa que había vuelto a ser joven y feliz, en la alegría reencontrada de la eterna vida.

FIN